
Este país tiene nombre de exótico. Estoy seguro que más de uno tendrá que mirar en el mapa para ver dónde se encuentra. Debo confesar que las noticias que me han hecho acercarme a este rincón asiático son las de la actualidad: la situación de violencia que está provocando el, de por sí violento, gobierno militar.
Pero hay algo que me sorprende gratamente: la toma de postura de los monjes budistas en la presión para traer la democracia a este país.
El budismo, en cualquiera de sus fórmulas, tiene una estructura interior que nada tiene que ver con las fórmulas de organización de la sociedad. La dignidad y el gobierno viene dados por la cualidad espiritual de sus miembros. Lo mismo que en todas las religiones, la elección de los candidatos a ejercer de guías está unida a la vida interior, a la "santidad" de vida. La adecuación entre lo que se cree y lo que se piensa, la transparencia entre el ser y el hacer, la preeminencia de la interioridad frente a la exterioridad, es lo que da a los líderes la solidez y la autoridad.
La religión, lo mire quien lo mire, tiene una importancia capital no sólo en la organización y estructuración sociales: no es únicamente un elemento aglutinante que "engrasa" la sociedad para que se pueda convivir. Esta concepción sociológica, de por sí valida, es incompleta.
Como estructura organizativa que es, proyecta sobre la realidad humana el deber ser. Se mueve como un impulso de mejora que lleva a los hombres y mujeres de su tiempo a fijar su mirada en un futuro que "debe ser mejor". Pero no como huida de la realidad, sino como construcción de la misma. Cualquier religión mira la bondad interior del hombre como su mejor reflejo, contraponiendola a aquella máxima de Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre. No es una mirada ingenua. El Absoluto (cualquiera de los nombres que reciba) participa de sí en su criatura, y ésta la conduce a la plenitud.
Por esto todas las grandes religiones tienen una clara vocación social, de transformación social. Muchos quieren recluir la vivencia de lo religioso en la privacidad. Craso error. Jamás sucederá que ese impulso de perfección sobre uno mismo y sobre la realidad, se quede en casa, encerrado entre las cuatro paredes. Nuestro ser social impide tamaño esfuerzo. Pero no sólo por eso, sino porque es una ascensión hacia lo mejor de uno mismo, que necesariamente deviene en los otros, con los que estamos en intimidad de proyectos.
Me alegra ver las túnicas azafrán marchando pacíficamente en contra de la barbarie. Saben ellos, los monjes, que podrá traer nefastas consecuencias para sus vidas. Hay muchos que siguen marchando, desde su opción religiosa, contra toda forma de opresión, violencia o represión. Transformarán el mundo, lo mismo que lo han hecho hasta ahora. Y a mejor, por supuesto. Porque encarnan lo mejor, los ideales que todos soñamos.