martes, 15 de mayo de 2018


"Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios." (Hch 20, 24)

Hoy me ha sorprendido esta frase. ¡con qué acierto ha captado Pablo, en boca de Lucas, la generosidad ofrecida de Jesús!
Hoy que la mentalidad, burguesa y capitalista, invita constantemente a mirarse las necesidades de bienestar como el centro de un mundo solipsista y egoísta, nos regala un envite para descuajaringar esa seguridad.
La vida, que es un don, la entendemos como una constante devolución de un amor gratuito. Hay quien la guarda en una caja de seguridades y placeres; hay quien se asusta del mundo y se encierra en una adormecida inanición de afectos; otros construyen un castillo bien pertrechado con todos los gozos posibles;  los hay, también que confunden el horizonte del bienestar con su terca mirada corta hacia su ombligo.
Quien ha amado a sus hijos, sabe que su apuesta está en que el otro viva y sea. Y vacía su ser en ese recipiente sin saber si recibirá. Nada importa, porque el amor se vuelve fecundo cuando sale de sí y busca resolver para el otro lo que le puede faltar.
Así amó Jesús. Y Pablo lo captó con tino.
Salir al encuentro del otro, de los otros. Bello, muy bello.
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miércoles, 25 de abril de 2018

Mío es el beso robado
y la playa en la tarde
el recuerdo de tu sombra
y el arder del sol de mayo

mías son las memorias
y el olvido
las latillas, las carreras
y tu huida

mía y para siempre
la desesperación
la soledad
y esa irrefrenable compañía

los abrazos que di
y los que olvidé
aquella tarde sobre el coche
y la luz que sobresale

míos son el desconcierto
tus palabras y sus daños
las lágrimas vertidas
y las que acaricié

mía mi forma de verte
y la que te produce
el primer aliento
y el último espasmo

me pertenece la vida
y la muerte que le sigue
el umbral que pisaré
y la conciencia que soy

mío soy cuando no lo soy
cuando vierto
concentrado o disperso
cuando te sé

en soledad, enmarañado,
ensimismado, difuso
nostálgico y soñador
apegado a mis recuerdos

míos son el otoño
y los colores que pierde
la primera lluvia
con olor a tierra y moho

mías la sal de las mareas
ese húmedo frío sin levante
tus pisadas
sin las mías

Y porque me veo
y reconozco el hueco
que me habita
para poder serme
déjame salir de mi.

Pedro Barranco © 2018

viernes, 13 de abril de 2018

Elogio de la paternidad




            Por muy diferentes razones, me estoy parando a pensar en esta dimensión tan importante del ser humano que es la familia, y la paternidad dentro de ella.

            Si uno ha sido engendrado por dos personas que expresan su intimidad de amor en la relación sexual, no puede más que estar agradecido de por vida. Porque esta ha sucedido, lisa y llanamente, en ese acto de amor y donación. El ser aparece para siempre como regalo y como entrega. Soy como expresión, como fruto, como intimidad expansiva que va más allá de dos seres. Es un puro acto creador. No bastaría una vida, ni varias, para poder decir a los que me engendraron que mi identidad, mi mismidad, la conciencia que tengo de mi y todas mis potencialidades y defectos, mi realidad última y lo que la contiene han sido producto y, por tanto, agradecerles que soy.

            La paternidad (y la maternidad), esa expresión de cuidado y sostén, no se paran ahí donde empezó todo. Si es fruto de un amor abierto, recorre –ya para siempre- la cotidianidad de  los días, hasta el atardecer definitivo. Ser padre no es un acto biológico. Sería solo acción reproductiva si pretendiera únicamente la perpetuación de la especie, o del apellido. La pura biología, sola, no habla de nosotros. Estamos constituidos desde un nudo de relaciones y afectos, cuidados y ternura, descuidos y errores, descubrimiento de libertades y de interrelacionalidad, autonomías  e interdependencias. La familia es justamente el humus vital que me proyecta para poder ser quien soy y seré. Es un acto creador constante, muy intrusivo en los comienzos, pero que se va abriendo a la admiración de la originalidad del que crece como hijo.

            Y digo que recorre toda la existencia, y para siempre. Porque al acto de engendrar, y al nacimiento, hay que añadirle todo lo que va a venir después. En la aceptación de esa vida distinta de la mía, que no es un nosotros sino que va mucho más allá, empieza el gran reto de escribir un libro sobre educación que no estaba hecho hasta entonces.
            Y es reto porque va a exigir de ti que te des. Cuando tengas ganas y cuando no; cuando sea grato y cuando no; cuando tenga recompensa o no; agradecimiento o no; comprensión o no. Ser padre es salir de sí. Sostener. Buscar los recursos para poder dar las herramientas necesarias al ser que crece en el seno de la familia y que, necesariamente roba las libertades y el tiempo, para poder abismarse en la maravilla que es que el hijo o la hija, y que se vayan haciendo. Un edificio, una construcción que no deja de sorprendernos y asombrarnos, y que despliega delante de nosotros el milagro de la originalidad. Las primeras palabras, los primeros pasos, las primeras sonrisas, la pronunciación del vocablo mágico –papá- hará que el universo gire de forma distinta. Los tiempos se viven de otra manera, la intensidad de los mismos varía en función de la criatura. Ya no hay parada, es un vértigo de responsabilidad y descubrimiento que exige de nosotros toda la capacidad de verternos. Si quiere ser paternidad. Hay otros sucedáneos, pero no son el objeto de mi reflexión ahora.
            La gran lucha no viene en los principios, sucede cuando el niño despunta en libertades y autonomías, cuando el descubrimiento del mundo se vuelve hacia adentro. La adolescencia, esa pugna por la soberanía, por dictarse las normas, por la competencia y la necesidad de decirme como yo distinto del mundo, sobre todo del familiar, pone a prueba todos los recursos…y toda la paciencia. Hay una posibilidad de dialogo de mucha más altura, no de igual a igual todavía, pero sí como un reto de opiniones, ideas y contrastes que va abriendo otras conexiones neuronales en el cerebro del adolescente, y que le va a preparar para el trasiego de la vida adulta. El mundo de los afectos, el descubrimiento de la propia sexualidad, de la amistad, de las responsabilidades, la curiosidad por probar otras experiencias…hará de la familia, en muchas ocasiones, un campo de batalla, una desazón y una apuesta por el sentido común que hay que sostener sobre los cimientos de un amor que se practica, de una compañía que se rechaza y se añora, de la congoja que producen sus sentidas tristezas y soledades. Un amor sostenido por la fuerza de la voluntad que quiere querer. Los padres parecemos entonces despistados aprendices de un mapa irreconocible y, aún así, debemos ser el norte seguro. Son muchas las inclemencias que nos zamarrean entonces y que, ponen en peligro el equilibrio interno de uno mismo y de su pareja. Contribuir a la construcción de un ser que prueba con metralla de calibre, siendo la sombra de un árbol que protege a quien dispara. Ahí, ser padre es lo mejor que podemos ofrecer. No ser amigo o colega, que lo confundiría en un mundo donde cualquier relación es similar –y no lo es-, o cualquier opinión ética tiene el mismo peso –y no lo tiene.
En este entramado del crecimiento las sectas hacen su agosto. Dividen y separan de los seres que los cuidan para prometerles una libertad de mentirijilla que ocultan sus métodos sibilinos. La destrucción de las relaciones con la familia de referencia, poner el acento en sus defectos para evitar mantener una correlación de amor sincero, recalcar los puntos negros y el engrandecimiento de la independencia fuera de su contacto, o alejándolo de el, hace de la persona un ser vulnerable y al pairo de los caprichos de otros. Quien rompe las raíces, quien planta ruptura en el seno de referencia es mal consejero. Busca beneficios a costa del ser del otro.
                 La paternidad debe buscar vericuetos, trucos, atajos para llegar. Y debe buscar, en el centro mismo del amor que cuida, las razones que hagan posible la continuidad del mismo.
           
Debemos prepararnos siempre para la ida. Empezó en el nacimiento. Será más evidente cuando quieran volar estrenando errores y aciertos. Conciliar autonomía e interdependencia es un acto de equilibrismo. Hoy, quizás, hemos empoderado con demasiada vehemencia una libertad ausente de lazos y responsabilidades. Nuestros hijos también lo son de su tiempo. Les va a costar distinguir. Como decía el filosofo Maritain, debemos saber distinguir para unir. En demasiadas ocasiones esta redefinición de cómo ser en el mundo, hace que la huida de las relaciones paterno-filiales vaya pareja al enfriamiento de las mismas. Retomarlas será otra opción de amor. Esperar, contra los mismos datos que nos hacen dudar de nuestro frágil esfuerzo en no equivocarnos, tensionan todas las fibras del alma. Tiembla bajo nuestro suelo la certidumbre de haber acertado, y caemos en la cuenta de cuántas no. Y sin embargo, ante el posible desafecto, ante un vuelo muy rompedor o distante, debemos permanecer. Creer que podemos rehacer una sociedad equivocada por la intemperancia de una libertad que se opone a la interrelación en nuestros hijos, es un reto. No son lo mejor de nosotros, son ellos. Y son, en parte, fruto de nuestra opción por ellos, aunque no acostumbren a mirar en nuestra dirección, o sequen las fuentes del cariño por descuido.

Por eso, creo que permanecer, estar siempre, sostener, son el mejor tributo que podemos ofrecer. Puede que, entre otras cosas, eso sea ser padres.

Pedro Barranco©2018

martes, 3 de abril de 2018

Pregón Pascual 2018






¡Qué calle ya el silencio,
que brote de su entraña
una canción, un verso, una palabra!
¡Que se haga luz en la garganta,
que todos los seres entonen a una
la grandeza del trono de pan,
la maravilla del Reino de los pobres,
la Humanidad nueva, recubierta y distinta!

Dios, Padre bueno, con nombre de cercanía y abrazos de acogida,
miraste la creación, apenas descendía el silencio sobre la nada,
miraste y amaste un orden creado para la plenitud,
soñaste un universo y sus leyes armónicas, dadas, explosivas
hechas para crecer y expandirse.

Y en este orbe, aún frío de Ti, soñaste el mundo,
miraste más allá de las cosas sin ánima,
y pensaste en compañías, en recrearte Tú,
te miraste a ti mismo como un amante fiel
y deseaste el gozo que no cesa en los otros, para los otros.
Un amor incandescente y luminoso que
Se volvió germen del hombre, de la Humanidad. Y se hizo ella.

El hombre, esa maravilla cosida en libertad
Y para el amor.
Sin embargo, tan frágil. Como ese Adán que se miraba
y veía solo el ansia que le llamaba a ser solo el, y el solo.
O el pueblo de Israel, cegado por el afán de dominar hasta al mismísimo Dios.

Y tu nos miraste y nos amaste. Para siempre.
Por eso bastó tu fuerza liberadora para deshacer
los mares de dificultades, la fuerza del pecado,
las negaciones de Pedro y las huidas de lo tuyos.
Persististe en ver más allá de nuestro barro:
ese querer ser diosesillos que fuerzan a los otros para ponerlos a nuestro servicio.

¡Te diste todo a nosotros, y te devolvimos torturada y muerta tu esperanza!
Pero se posó tu mirada en nuestra herida,
y en el hueco de piedra que albergó a Jesús
y tus lágrimas florecieron la vida donde hubo muerte.
¡Feliz pérdida por la que te encontramos!
¡Jesús ha resucitado!
Y esa es la mirada de Dios que quema al mundo y lo hace nuevo.
Es la apuesta, la novedad, la vida para siempre.

La noche no hizo más que ser parto,
La luz desgranó el haz de vida,
Rompió la roca, mató la muerte.

Y ahora, en este nosotros que nos haces,
Iglesia, comunidad reunida y redimida nos pides
que miremos y rehagamos, abracemos y curemos,
construyamos otro orden, uno nuevo,
a tu manera,
a tu mirada.

Que la noche nos coja en vela,
que el alba nos sorprenda en amor,
que tu venida nos sobrecoja en la brega,
que tu Espíritu no lleve en volandas,
que se apaguen las fronteras,
que nos encontremos hermanos,
liberados al fin, puestos en pie sobre nuestras convicciones,
en afán de justicia, con la libertad de la paz.

Amén.

lunes, 19 de marzo de 2018

Ser padre


Desde aquel aciago momento en que Freud habló de matar al padre, para llegar a la autonomía y a la edad adulta, y para vivir la libertad y estar ausente de represión, los padres hemos afrontado infinidad de retos.
El inevitable, y que nos marca, es el de la misma naturaleza. Ese estar hecho para vaciar, para esparcir, para salir de sí y no ser un contenedor que provoca el crecimiento, y el ser, nos sellará para siempre. El mantenimiento de la especie no nos hizo proclives, podría parecer, al sustento del nido. Bien es verdad que no sucede de la misma manera en todas las especies. Pero al menos sí en aquellas con las que nos comparan. Y, claro, salimos perdiendo. Porque los ejemplos se buscan, a priori, para forzar un argumento que es un prejuicio.
La sociedad burguesa endiosó la libertad como el aspecto más determinante de nuestro ser. El existencialismo lo utilizó como arma de batalla. Olvidó la otra pata que los grandes humanistas contemporáneos no lograron subrayar con las misma vehemencia: el ser con los otros. Y así, la supuesta libertad de los hijos es un arma que se esgrime para huir. Una categoría que mezcla muchas cosas en el mismo paquete. La familia es un sitio que estorba la libertad y, por eso mismo, puede y debe romperse para que la autonomía alcance las cotas necesarias de la madurez.
Y además, este nada sigiloso emerger de una corriente que quiere empoderar a las mujeres. Nada que decir con respecto a la necesidad de que se consigan igualdades. Pero, otra vez, mezclando en un mismo sitio distintas filosofías y visiones del mundo. Y, ante un discurso oficial, no puede haber objeción de conciencia. Oficial por la cantidad de medios que, sin una crítica mínima y saludable, se pliegan a categorías y discursos de un batiburrillo infumable y que huele a pensamiento único y líquido.

Y ahí, los padres. Herederos, hoy, de una tradición en la que su figura estaba muy desdibujada en lo afectivo y muy ligada al orden y la tradición. Perplejos ante la cantidad de reflexiones que se hacen sobre nosotros, sobre cómo ser hombre hoy, ser padre hoy, ser esposo hoy, ser…

Y yo creo que ser padre no es una cuestión biológica, es una opción. No es un experimento romántico, es una brega que dura toda la vida. No es ser protagonista, es buscar la compañía constructiva. No es un imponderable que nos sobreviene, es la apuesta más generosa que hay. Ser padre es aprender a renunciar, a parecer un fantasma en el horizonte de los hijos que amas. Ser padre es trabajar para alguien, sostener a alguien, acompañar a alguien, cuando ese alguien es por quien darías la vida sin un soplo de duda. Y no para una recompensa que, durante mucho tiempo no viene…y puede no venir. Es un gesto que mira al futuro del que acompaña y piensa poco en el suyo. Que prevé y quiere proteger desde la sombra de la experiencia, y que se ofrece como una fragancia. En ocasiones aun cuando huyan y recalquen la necesidad de golpear con la dirección contraria por el solo hecho de ir a la contraria.
No nos tocó en suerte el vinculo de la naturaleza, que entiende siempre a la madre como un nido seguro. La paternidad es una conquista en una batalla a la que vas para perder. Porque así lo decides. Y porque entiendes la necesidad de ser de los otros. Pero con la certeza de que la protección no es enemiga del amor más generoso, ni niega la madurez de los que deben andar solos. Que la compañía y la experiencia es lo que nos ha enriquecido y hecho. No solos, no en una isla. La paternidad es la gran apuesta por la vida compartida y los futuros hechos de lazos de interdependencia, de cuidados solidarios, de un verter el saber para el bien de los otros, y no como acúmulo egoísta y vanidoso. Es entender que mi experiencia no se impone, sino que es una gran biblioteca vital que haría mal en despreciar como lo sería tirar un buen libro al rincón del olvido.
Nos toca ser padres en un mundo difícil que ha perdido las referencias y los pasos andados por otros. Vivimos en una realidad marcada por el batiburrillo de aprendices de opiniones que saben de nada. Sin espíritu crítico, creemos que todos los caminos son buenos para transitar. Craso error. Hay precipicios que mejor no inaugurar. Peleamos a brazo partido con la vida, la nuestra y la que se nos ha prestado, para que abracemos sin amarrar. Frase preciosa que cuesta sangre y un aprendizaje de vida intentar entender en lo cotidiano de las relaciones.
Enseñar a volar y mirar desde lejos al que vuela, es un ejercicio de amor cuya simplicidad no existe. Brota sangre. Sangre que acompaña.

Pedro Barranco ©2018
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domingo, 11 de marzo de 2018


¿Cuándo te vimos?
(Mt 25, 35-45)
Acostumbré a volver la vista
cuando me dolías,
era más fácil olvidarte
imaginar que no era
ni aflicción ni sujeto,
que no estabas,
y ya.

Decir que son otros
los responsables,
los que deben,
hace mi vida muelle
un lugar seguro
y me aleja
de ti.

Ni el estómago hinchado,
y vacío,
ni la soledad de la cárcel,
ni la desnudez de tu carne,
ni tu huida,
ni tu dignidad perdida
hicieron mella
en mi egoísmo desmedido.

Y me dices que eres tú,
que escondes tu rostro
en esa miseria,
que la pregunta final
será
si he amado.

¿Cuándo puedo volver,
a qué mano debo tender
como una alfombra
mi alma
que llegue a tu indigencia
y me deje lleno de Ti?

No permitas más
que borre mi conciencia
dedicando el tiempo
a la sombra de mi mismo
perdido entre las hebras
de un aislamiento
que busca solo
su propia, inane, felicidad

jueves, 8 de marzo de 2018

Mirar de Dios



Me miras
como al cosmos
en una sorpresa constante,
como acontecen las galaxias.

Enamorado 
asistes a la sangre 
que se agolpa y galopa
en mi ser entero
y como surca la luz 
el vacío de estrellas
me arrebatas con la vida
arrullando primaveras.

Me amas
cuando al corazón me miras
por encima 
de desiertos y cicatrices,
que me pueblan como fantasmas.
Y más 
cuando hago noches
retrocedo al vertedero 
fabricado de desconfianzas.

Me llamas
para hacerme por dentro
barro delicado y quebradizo
para estar entero en Ti,
de quien fui amado
en un siempre de caricias
y plenitud.

Para ser en Ti.

“...y mirándolo, lo amó”

Me amas
miras mi interior,
y asombrado de mi mismo
bajo la mía
por si me conoces
y percibes la ruina de mi alma.

Me amas
y cuando miras
me rehaces y me encumbras,
reverdeciendo cada herida
En brotes restañados, agradecidos
que pujan
para amarte.

Me amas
cuando miras
tantos que vagan como sombras
y buscas su rescate.
Los tocas y rehaces y son
entonces quiero mirarlos
también
y amarlos.

Como Tú,
cuando los miras,
cuando me miras.
———————-
Como me amas,
con la misma intensidad
que recorre las formas el olvido
haciendo de mi corazón un erial,

así quiero desaparecer
en tu abrazo que me sana,
y el poder que me ciñe,

así quiero mirarte,
cosido a tus entrañas,
fascinado por el mundo nuevo
el Reino que aciertas a ver
en cada uno de nosotros.
Me miras
y me amas.
Me miras,
me sabes.
Me miras
y me llamas.
Me miras,
me sostienes.
Me miras,
me recreas.
Me miras
y es para siempre.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Miércoles de ceniza


La imagen puede contener: una o varias personas


Miércoles de ceniza:
La conversión pendiente.
Cambia algo que sea motor de transformación en tu vida.
Vuélvete a tu Señor que te espera para llevarte a la plenitud, a la mejor versión de ti mismo.
Acércate a tus hermanos y reconoce sus heridas, acarícialas y sánalas.
 Da de tu tiempo y de tu dinero a los más débiles.
Ánimo, sal fuera.

martes, 13 de febrero de 2018

La organización de la comunidad eclesial

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            Ante los retos que plantean los tiempos en los que la comunidad cristiana debe decirse y decir el mensaje de Jesús, siempre se pueden plantear muy diversas alternativas.
           
Y sucede que, en este hoy que vivimos, la Iglesia puede responder o huir, renovarse o perecer, adaptarse o encorsetarse, mirar a otro lado o afrontar la brega,  ser timorata o valiente, acudir a las fuentes primeras o anclarse en interpretaciones…se pueden hacer muchas cosas, pero lo que es indudable es que somos portadores de un mensaje que el hombre y la mujer de hoy deben entender para llegar  a la plenitud.

            Hay un miedo a perder la identidad, que pudiera entenderse como lógico en una medida aceptable, porque se tiene que conservar la esencia del mensaje, del que no somos más que meras vasijas. La imperecedera verdad que descubre Jesús para el hombre, no puede mutarse para que no sea lo genuino y específico nuestro. Por eso el evangelio, como palabra definitiva de Dios al hombre en Jesús, es siempre el referente necesario, el filtro por el que debe leerse lo que se dice y cómo se dice. El mismo San Pablo tiene lugar en la historia de la salvación desde el Maestro de Nazaret. Lo que diga ha de ser en referencia al núcleo del mensaje.
            En la historia, la Iglesia ha tenido que hacer el esfuerzo de encarnar, en la cultura de su tiempo, este mensaje. Y no siempre ha acertado. Es más, en ocasiones las decisiones de la Jerarquía eclesiástica, los documentos oficiales, o determinadas acciones han ido justo en sentido contrario al evangelio. Las Bienaventuranzas quedaron ocluidas por las riquezas, las prebendas, el poder y otras corrupciones.  Ha sido ya bien entrado el siglo XX cuando, con valentía, el papa Juan Pablo II, y ahora Francisco, han pedido perdón por los desmanes y los graves desaciertos cometidos incluso en nombre de Dios o de la Iglesia. No es de extrañar, porque esta historia no está realizada sobre alas de ángeles, sino con la misma carne humana que se falible y se equivoca, que es portadora de luz y de tinieblas.

            Por esto, entre otras cosas, la Iglesia tiene necesidad de reformarse siempre. “Ecclesia Semper reformanda”.

            También en nuestro tiempo, en esta hora que nos toca vivir.

            Es muy necesaria la reflexión sobre el cómo de la Iglesia. Sin hacer aspavientos, ni rasgarse las vestiduras, hemos ido adaptándonos a las formas de hacer las cosas, e inventando nuevas. Nuestro término diócesis es civil –tomado de las divisiones territoriales del Imperio Romano- el término presbítero (anciano) no era religioso necesariamente, o la palabra Obispo (inspector)…todos términos reelaborados para diferenciarnos de la Religión judía y romana. Y andando el tiempo los distintos modos de concebir la Iglesia han dado paso a nuevas intuiciones.

            Por eso no entiendo la inercia anquilosante que se tiene a la hora de reestructurar los ministerios, servicios y responsabilidades en la comunidad eclesial. Desgraciadamente el funcionamiento y la dirección en la Iglesia, la riqueza de los carismas y la corresponsabilidad laical en el gobierno y pensamiento de la Iglesia han ido perdiendo vigor y fuerza. Los laicos son piezas de recambio, ovejas obedientes, hijos inmaduros que deben acatar lo que dice el clero. Esa misma división, que no pertenece en modo alguno al pensamiento primigenio de Jesús, es una grave merma en la forma de entendernos como comunidad. Entiéndase. No es que no haya de haber una estructura organizativa basada en los fundamentos del evangelio y en las intuiciones de San Pablo, sino que ésta debe poder adaptarse para que no ahogue el Espíritu que sopla en toda la Iglesia.  Vivimos una enfermedad del cuerpo eclesial producida por el miedo, la incapacidad, la pereza, o vaya usted a saber qué, yo la denomino hiperclericosis  anquilosante.

            Porque ¿No hay que repensar el papel ministerial de la mujer? Lo tuvo en los primeros siglos, desapareció por los conceptos sociales imperantes, a pesar de que Jesús las privilegió de forma rupturista con el judaísmo de su época.
¿No ha de repensarse el celibato eclesiástico? No existió como tal en todo el presbiterio hasta pasados muchos siglos ¿vale sólo lo instituido a partir de una época?
Había multiplicidad de carismas instituidos, de servicios en la comunidad eclesial que no eran clericales, sino ministerios dentro de la Iglesia, por causa de un concepto monárquico y centralista se fueron haciendo sólo para los sacerdotes, cambió y se empobreció en el tiempo ¿no ha de repensarse de cara a una corresponsabilidad madura y consciente?
            Recientemente escuché que un cargo importante de una Diócesis espetaba a un laico comprometido en el trabajo por los más desfavorecidos: “tu podrás ser una buena persona pero ¿consagras? No. El que consagra es el que manda”. Pobre, pobrísimo el servicio a la Iglesia quien entiende el Ministerio de esa manera. Pero así andan las cosas. En algunos sitios de Europa, y quizás en otras latitudes, las comunidades eclesiales se empobrecen, esperando la llegada de liberados, esto es sacerdotes, que animen sus parroquias. Mientras tanto languidecen sin acertar a darse cuenta que son ellas mismas las que deben dinamizarse. Desgraciadamente, si la iniciativa laical es potente, suele venir un sacerdote que ahoga el Espíritu, apaga el pabilo vacilante, cierra todas las iniciativas, y se queda tan pancho. Al fin y al cabo es el que manda. Y tampoco se piden responsabilidades.

            Hay que reactivar una toma de conciencia, estamos en un cambio de época-como bien decía el Papa Francisco- y eso nos va a obligar a no ser timoratos, y repensar los modelos. No nos va a ir bien si reculamos a los cuarteles de invierno, nos atrincheramos en estructuras que nada dicen del evangelio al hombre de hoy, nos convertimos en “puros” frente al “mundo perverso” olvidando la necesidad de contaminarnos en la brega del anuncio y no tratamos, con honestidad, de ir a los caminos donde se encuentran las criaturas a las que hay que decirles hoy la Buena Noticia.

Pedro Barranco ©2018

sábado, 23 de diciembre de 2017

Navidad


                 

                  Todas las Navidades son una propuesta de cambio. Lo digo no por el año nuevo, en el que siempre nos proponemos objetivos, planes y acciones. Me refiero al mismo centro de la fiesta.
                  Hemos querido olvidar, en algunos ambientes y con mucha determinación, cuál es el acontecimiento que reverdece cada invierno. Y no es precisamente el planetario -del solsticio de invierno y que, dicho sea de paso, a nadie interesaría como no lo son otros cambios lunares o terrestres-, el que convoca tantos buenos deseos y tanta compañía buscada.
                  La navidad es el invento cristiano por antonomasia. Es bien cierto que se superpone a otras fiestas que existían en el calendario romano. Y puede que incluso anteriores al mismo. Pero la fecha es pura anécdota. Cuando Constantino sitúa el nacimiento de Jesús ahí, busca un momento para celebrar un acontecimiento. Y lo realmente importante es este acontecimiento. La originalidad de la visión, desde el cristianismo, de cómo es el hombre, cómo es Dios y cómo son las relaciones entre estos.
                  Dios ha mudado. Y esto ya es extraño. Sale de su eternidad para hacerse en el tiempo. Quiere participar de la misma limitación con que bullimos aquí. No quiere permanecer extraño. Rareza, donde podamos encontrarla, de un Dios pequeño que busca la compañía. Para más inri, pide permiso. El que ha creado, se dirige a una adolescente para, en el colmo de la indigencia, entrar en el ámbito de lo temporal y finito.
                  Tampoco escoge grandezas, tronos o trompetas. En la noche de un día cualquiera, en un rincón del mundo, entre los vahídos de las bestias, sin más querencia que sus padres, abre de nuevo el cielo para que caiga a raudales el cariño de un Dios que no se aparta de sus criaturas.
                  Si me permiten, pienso que desde la Navidad, ya nada puede decirse de la misma manera acerca de Dios. Es una intimidad con el hombre que le devuelve su más estricta esencia. Dios se hace nosotros quiere decir que ya no hay barreras de acceso, que podemos asaltar el infinito por el puro don de un amor sin preámbulos. Que sea con nosotros hace la creación cielo, las líneas que podrían suspender las diferencias se han borrado de golpe. Puro don, pura gracia, pura gloria.
                  Por esto es cambio. Y aún así, no acaba ahí.
                  De las relaciones humanas también habla la Navidad. Es el gozo de la donación sin más. ¡Cuánto de beneficio hay en que seamos capaces de poner donde otros no lo hacen! Un egoísmo desmedido es fácilmente visible. El más sutil es aquel que cree que hace cuando esconde su mirada tacaña sobre todo lo que me falta. Ese egoísmo pequeño burgués que disculpa el bostezo y el sillón, que no dice “voy yo”, y que deja de hacer las cosas con el alegato roñoso de hacerlo más tarde. Ese egoísmo que pide y no da, que se duele de su daño y no repara en heridas, que hace dietas para no perder peso trabajando por los demás. Claro que sin hacer ruido, huyendo del escándalo que supone que la generosidad no haya puesto, que no lo haya hecho y se quede sin poner y sin hacer. Ese niño pequeño nos recuerda el beneficio que se ofrece cuando muchos no pusieron, no quisieron hacer un hueco. Nadie reparó en el Dios pequeño que pedía permiso para poner Él donde el hombre no ponía. Y en el hondón de una noche ahíta de frio.
                  ¡Claro que es cambio la Navidad! Y es lo que pide desde sus entrañas a cada persona que se acerca al misterio del hombre y de Dios. Quizás por eso suscita tanta ternura, porque nos ayuda a mirarnos con toda la grandeza regalada de quien emprende un camino señalado para llevarnos al límite. Dios se rebaja, se dona, se inclina para impulsarnos a la totalidad. Te recuerda que en el gesto sencillo de dar, se puede elevar a toda la humanidad a las puertas de su inmensa riqueza.
                  Ese movimiento envolvente del amor que trastoca todo, hace de ti y de mí seres con alas para volar sobre nuestra limitación, preparados para poner antes de que se pida, para morir de pura generosidad. Sin brillos, sin fama, sin honores.
                  En el silencio de una noche.
                 
Pedro Barranco©2017

domingo, 25 de septiembre de 2016

Magia engañosa

Aún a fuerza de parecer un poco antipático, y sabiendo que puedo ser políticamente incorrecto, quiero poner por escrito, para decírmelo a mí mismo, el hartazgo que supone el vacío de frases grandilocuentes que quieren expresar una sabiduría sublime, pero que no es más que una sarta de lugares comunes sin ningún soporte real.

Me las han dicho y, tal vez las he dicho. Llenan los muros de Internet y las redes sociales, están considerados "consejas de vieja", sabiduría popular, aprendizaje vital...pero yo creo que son una forma de llenar vacíos con palabras.

Ahí van los susodichos:
-- "La vida le enseñará": Como si no vieramos que hay personas que no son sabias, que no aprenden con el tiempo. Es como si el saber se colara por ósmosis entre los pliegues del cerebro. Sin querer, sin padecer, sin un acto de reflexión. No, la vida no enseña a quien no quiere aprender; a quien piensa que está en la cima de la inteligencia; a quien cree que, por ser el, ya está en posesión de la verdad. Me hacen temblar los que opinan de todo con una certeza inconmobible. Me asustan los que no preguntan, los que no se preguntan. Llegados a una edad provecta podemos ser viejos amargados o sabios ancianos. La diferencia será que, quien ha aprendido, usaba el discernimiento para sacar conclusiones encamindas al buen vivir. Los jóvenes, lanzados a la vida, creen que no deben ir pertrechados con la sabiduría de quien pasó por alli antes, como si fuera despreciable el aprendizaje de otros. Esto me lleva a la siguiente:
--"Nadie escarmienta por cabeza ajena". Ahí es nada. Lo que más nos distingue como seres inteligentes: aprender de los errores, los de otros también, y no repetir las torpezas. ¿Se imaginan un general de batalla que no aprendiera del buen hacer de otras guerras?¿No se ha avanzado por la experiencia de otros? Es como una sutil desconfianza de las certezas de otros por sus apuestas vitales. Siglos de sabiduría tirados a la calle del olvido porque lo que han pasado otros, por lo que han pasado otros, no me sirve. Esta sociedad cocina inmediatez para un ciudadano que está perdido entre mil conjeturas. Pero la opinión de los sabios, los que ha traspasado el umbral de la ignorancia a fuerza de escrutar la vida, no vale. Cada uno que aprenda por sí solo. 
-- "Aprenderás a ser padre". Sé que es cruel, pero no es así. Amar no es un signo inscrito en el código genético. Es mucho más. Hay padres que abandonan a sus hijos, los pierden, los muelen a palos, los prostituyen. Amar es un ejercicio costoso. No hay siempre una banda sonora en los actos de generosidad que nos trabajamos, a veces es un silencio plúmbeo, una desconsideración. Hay padres que no aman, que no quieren amar. La paternidad, la maternidad, se va practicando contra viento y marea, más aún en la incomprensión de los hijos. Amar compromete tu libertad, tu tiempo, tu equilibrio. Porque amar es salir de sí. Y no siempre se agradece el espacio que dejas para que los otros quepan. Hay quien quiere que sus hijos sean una prolongación de sus carencias, pero otros salen al paso de las necesidades más perentorias de su prole y van parcelando su vida, minorando, muriendo a sí, para que vayan creciendo ellos. Esos héroes anónimos y gratuitos sí tienen un amor auténtico. Pero es el fruto de la convicción y el trabajo para cuidar y acompañar. 
-- "El tiempo lo pone todo en su sitio." Esta sí que es buena. Los grandes desmanes cometidos, las heridas sufridas, las muertes, las mentiras que trinfan, las injusticias...parece que no cuentan. Como si la historia fuera una fuerza inexorable, e inteligente, que recompusiera un puzzle que hemos deshecho nosotros. No importa si sufres, si estas en paro, si te han matado a alguien, si has sido protagonista de una injusticia...la vida se encargará de colocarlo todo correctamente. Falso. Persiste el mal, desbarata, entorpece, aniquila. Vemos pasar la vida, la nuestra y la de otros, pensando que el tiempo, de forma mágica, lo restituirá todo. Como si la fuerza de voluntad, de la que estamos dotados, fuera una torpeza añadida a nuestra naturaleza. Hay que forzar, muchas veces, la historia. Hay que trabajar duro para que se restablezca el bien, y la justicia. Lo único seguro del tiempo, es que pasa. Y estamos cosidos, junto con nuestra libertad y nuestra voluntad, a el. Para dominar la historia, la nuestra y la general. 

Ahí van algunas. Pero habrá más. Amenazo.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Iglesia, ¿qué dices de ti misma?




     En el último Encuentro de reflexión sobre la vida comunitaria, que tuvo lugar en Tierra Esperanza, Miguel Tombilla, Claretiano nos indicó que en los comienzos del gran movimiento comunitario que se dio en Francia, había un trasfondo teológico que determinaba cómo debía ser la presencia de los cristianos en la sociedad. En la laica Francia, los distintos grupos cristianos podían dividirse en dos grandes vertientes: la Iglesia militante y la vergonzante. La militante afirmaba su fe con signos externos, con la intención de visibilizarse y decir que estaba en medio de la sociedad para transformarla. La vergonzante, en cambio, pretendía pasar desapercibida, como fermento en la masa, en el anonimato y, desde esa posición construir una realidad que se pareciera al modelo de Jesús.
     Años antes, en el Concilio Vaticano II se dieron también posiciones parecidas. Esa pregunta que lanza Pablo VI para invitar a una seria reflexión sobre la identidad y misión del Iglesia permanece lacerante en el tiempo, más aún en nuestro tiempo.
     A nadie se le oculta la tensión pastoral que ha impreso el Papa Francisco a la Iglesia, y que ha suscitado las respuestas más diversas. Los movimientos que tienen miedo y no saben cómo responder sin una propuesta beligerante a una sociedad que ha perdido los valores cristianos; o aquellos que quieren ser fermento  en la masa, pero sin condenar todo lo que se hace, sino más bien haciendo crecer los que de Dios y evangelio, como el “Verbo seminal” del que hablaba San Ignacio, hay en toda época.
     Hay un reverdecer en la Iglesia, una primavera que no responde de manera inmediata en el tiempo a un postconcilio, pero que bebe de aquella inquietud que movió a gran parte los padres conciliares a renovar la Iglesia.
    
     ¿Qué Iglesia?¿Cómo la Iglesia?

     En un tiempo de incertidumbres, con una inversión  brutal de grupos de presión que dibujan un modelo determinado de persona; con avances tecnológicos inimaginados en otros tiempos, con una globalización que nos hace vecinos; con un enorme flujo migratorio fruto     - entre otros - de la desigualdad lacerante de riquezas y derechos; con multitud de guerras y conflictos que parecen a la población retazos de un videojuego; con una tumba en el mar para una Europa miedosa; con una tierra herida por nuestro escaso interés por una economía sostenible; con un mundo de soledades en el norte desarrollado, y de hambre de muerte en el sur por salir de su situación de dependencia... ¿Qué iglesia, y cómo la Iglesia?

     Pareciera que no podemos hacer nada. ¡Tan grande es el mundo y sus problemas!
     Nosotros, como seguidores de Jesús, nos hemos preguntado por esto. Y hemos respondido. Por eso, la comunidad Tierra Esperanza quiere ser una respuesta humilde y sencilla desde nuestra debilidad, y que ha querido ( y quiere ) recrear el momento de Galilea de Jesús.
Galilea, el mundo donde crece y vive, donde se educa y percibe las cosas. Galilea, su identidad más profunda. Y allí Jesus, un profeta de Galilea, un nadie entre los nadies. Rodeado de un grupo de rústicos hombres de la pesca, de pecadorcillos y traidores, de mujeres que no cuentan, de gentes sin apellidos ni posición. Anónimos enfrente de un Imperio todopoderoso, de una religión judía alienante, en una esquina del mundo.
   Así también nosotros. Hemos optado por vivir, en una apuesta por volver a las raíces, en medio del mundo, dándonos gratuitamente a los que vengan. No hay héroes entre nosotros, no hay personajes con nombres grandes, no hay brillo. Sabemos de nuestras carencias y defectos, pero también que el Espíritu reposa en medio de su pueblo más cuando es comunidad, cuando convergemos justos, cuando unimos nuestras miserias por el sueño del galileo.
   Por eso el mejor modelo es el de servicio. Queremos ofrecer el evangelio como dice el Profeta y obispo Pedro Casaldaliga:

“No tener nada.
No llevar nada.
No poder nada.
No pedir nada.
Y, de pasada,
no matar nada;
no callar nada.

Solamente el Evangelio, como una faca afilada.
Y el llanto y la risa en la mirada.
Y la mano extendida y apretada.
Y la vida, a caballo, dada.
Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada,
por testigos de la Revolución ya estallada.
¡Y “mais nada”!”

     Un modelo de sencillez y servicio, una iglesia abierta y acogedora, que abrace y acompañe, que no busca la sanción ni la exclusión, que vive para la justicia y busca la paz, donde no se dan privilegios ni rangos, con  el pueblo caminando unido y con diversos carísimas, en diálogo con la sociedad y la cultura y no atrincherada en lo que sirvió hace siglos. Una iglesia que inventa constantemente formas de acercamiento y caricia, de sanación y liberación.
     Vemos, con tristeza, que hay un miedo – humano,  y demasiado mundano- que añora una seguridad que no es evangélica. Criaturas enfundadas en trajes que las aíslan del mundo y del roce con los suyos, enarbolando privilegios y verdades que no buscan discernir el momento que vivimos y quienes lo viven; dirigentes que condenan a troche y moche, que excluyen, que matan la ilusión y apagan el pabilo vacilante. Pero también gentes que se esfuerzan por acompañar a todos, sin exclusión; que gritan las injusticias y comprenden las debilidades; que bucean en lo nuevo de Dios en todos los tiempos; hombres y mujeres, consagrados o laicos, que añoran una Iglesia “tienda de campaña”, con misericordia repartida en las heridas, con la horizontalidad de los hermanos, con la capacidad de pedir perdón; Sabemos, y nos consta, que el gran tejido de la Iglesia, no son los discursos, ni los títulos, ni los papeles, sino la vida puesta como tierra de acogida, como lugar de encuentro, como casa de familia, como aventura compartida.
     En Tierra Esperanza, queremos hacer realidad lo que intuimos que Dios nos va pidiendo: vivir el evangelio sin más, encontrarnos hermanos, buscar el reino de Dios y su justicia, compartir con sencillez, alentar nuevas realidades comunitarias, caminar entre las penumbras de lo cotidiano poniendo empeño e ilusión.
     Nadie piense que es ya una realidad. Nuestra miseria camina al lado de nuestro sueño. Hemos errado mucho. Y lo que nos queda. Quizás nuestra única certeza es la de saber la constancia de nuestro Señor a nuestro lado, y querer corresponder a ese amor tan grande. Pero también reconocemos los signos de los que quieren saborear ese evangelio nuevo para una sociedad nueva. Una Iglesia nueva, sí. Ahora más que nunca. Ahora, como en cada momento de la historia.
    Comunidad Tierra Esperanza

jueves, 5 de junio de 2014

Léeme la vida


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Estamos en un mundo de palabras. Vuelan rápido y apenas pueden llegar a posarse en los oídos, dan paso a otra riada. Las más de las veces no son más que ruido encadenado. Oquedades donde se abisma un huevo huero. Vomitadas en todos los sitios con rapidez, repetitivas, grandilocuentes.
La palabra ha pasado a valer  a ser nada, o poco. Antaño se firmaban los pactos con un apretón de manos. Hoy se firman palabras, papeles…que valen para esconder engaños y artimañas, destinadas a decir que suman poco.
Palabras de amor que huelen a conquista, de sinceridad que saben a venganza, de promesas que resuenan en ensoñaciones, de cambios políticos que quieren ganar tu bolsillo, de anuncios de felicidad que distraen lo que eres. Palabras dichas en grupo para justificar mi soledad, preparadas para herir, murmuradas para deshacer. Palabras que esconden un conejo en la chistera, que burlan su significado, que son bambalinas ocultando la verdad. Muchas palabras se pronuncian desde una casa deshabitada, ausente de ilusiones. Otras escurren hastío, o son veneno de escorpiones.
No está ausente la Iglesia de este tumulto que no tiene rumbo. Muchos cristianos habitan ese mundo verbal vacío. Esto es: dicen y no hacen. O hablan, pronuncian discursos, palabras llenas de melodías, mimetizan su lenguaje para domarlo y oscurecerlo, y al final parecerse a un hueco inane. Se reúnen, plantean, proyectan…para dar cocción a una sopa de letras.
Y la humanidad lo sabe. Sabemos que somos capaces de hipnotizarnos con ellas, hasta el punto de no reaccionar con un frente de coherencia.
Quizás, y por eso, sea necesario recapitular para que la lectura que se tenga que hacer proyecte claridad de evangelio, transparencia de seguimiento, ilusión pertinaz.
Creo que debemos volver sobre nuestros pasos. Quiero decir, que puede que haya que ir a otros lugares de anuncio y lectura. Por eso…
…Léeme la vida
Hoy hay cristianos que anuncian el plan de igualdad del evangelio, y son perseguidos y violentados por mandar a la escuela a sus hijas en países de regímenes totalitarios. Otros, en el mundo civilizado, esconden su identidad, por miedo a que digan de ellos lo que son y, en ambientes universitarios, tienen miedo a ser descaradamente cristianos.
Hermanos nuestros gastan su vida, y su tiempo, cuidando de los grandes olvidados de este sistema económico: acompañan enfermos, asisten a ancianos, curan, escuchan, dan la mano a quien necesita compañía, acarician las heridas del cuerpo y del alma…En cambio otros, para justificar su calidad de vida, invierten en un derroche de fiestas, saraos, y aventuras de tiempo libre, y pasan muchas horas agarrados a un vaso de botellón o de fiesta, o romería… porque es necesario divertirse.
Los hay que donaron su vida como un lugar abierto donde pudieran reposar hombres y mujeres, dando cada día una porción de sí mismos para que se despierten las conciencias y cambie el mundo. Otros justifican el estar en el mismo sitio, y parapetan su cobardía vital asesinando las ilusiones con conflictos pueriles. Que cambien y caminen los otros, parecen pensar, que yo me quedo en mi silla mirando cómo tropiezas.
Cristianos en lugares de guerra abierta, ahuyentando la muerte con sus vidas. Seguidores de Jesús, achacosos de años, pronunciando palabras de alegría y evangelio, en catequesis donde los niños del primer mundo no tienen necesidad más que de regalos y trajes…y sin embargo ellos, sosteniendo con sus limitaciones las columnas de sus Parroquias. Otros guardando su saber para engalanar su biblioteca, atesorando tiempo para derrocharlo a manos llenas, varando ballenas en sus playas estériles. Simuladores que hacen de camaleones para no mancharse con el mensaje de Jesús.
Podríamos seguir poniendo ejemplos de quienes sólo dicen y de quienes sólo hacen. Puedes ponerlos tú, si quieres.

Sin embargo, hay que aprender a hablar con la vida. Hay que aprender a leer la vida de los otros.
Un día de Pentecostés, los Discípulos del Maestro escucharon una palabra dicha a su alma herida de miedos. Y sus vidas se tornaron claridad diáfana. Escribieron con sus vidas páginas de grandeza. Fueron fieles. Cambiaron de arriba abajo. No tuvieron la sensación de engañarse liados en la ruina de mensajes viejos. Fueron. Y este ser, este afirmar lo que creían con la sangre de su verdad dicha en jirones de vida, les hizo merecer la Vida.
Pentecostés anuncia un mensaje que debe decirse con escritura de hechos, con realidad vital, con ilusión cotejada de actos que vayan conformándonos de manera distinta. Somos lo que hacemos, y lo que decimos debe manar de la fuente de nuestra coherencia. Si no es así, que tus palabras busquen ser más, retarte más, ponerte el horizonte más alto, pero a ti.
No necesitamos más que tiempo y lugares donde desplegar la imaginación y las fuerzas que nacen del Espíritu. No hay más que cambiar. Si no, nos liaremos en palabras, justificaciones, verbo fácil y engañador. Pentecostés significa decir la vida que llevamos, como un tesoro regalado, y deshacerse por los otros. Desbordar toda posibilidad de muerte y miedo, con la alegría del Resucitado que trae vida, dinamismo, crecimiento, transformación, potencialidad, vitalidad, esperanzas. Jesús, Palabra y Verbo, no guardo para sí  más que un vacío después de haberse donado de forma total. Fue Palabra porque no engañó, porque fue lo que dijo. Pentecostés es su regalo de silencio. Calló, para que nosotros habláramos con el verbo de nuestra fidelidad y nuestra vida.
Que nos puedan leer la vida.
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Pedro BarrancoÓ2014

martes, 10 de diciembre de 2013

Recuperar la ternura

     Me he encontrado con uno de esos textos que merece la pena leer. Y máxime de la pluma de quien sale. Me refiero al “Evangelium Gaudii” (La alegría del evangelio) del Papa Francisco. Reconfortante, esperanzador, ilusionante. Te invito a leerlo. A mí me ha suscitado muchísimas simpatías. Y después de su lectura, me han surgido algunas reflexiones entorno a una palabra que sale frecuentemente: la ternura.
    Vivimos la posibilidad de encontrarnos, siempre, en un proceso de transformación personal. Cada momento de nuestra vida es la posibilidad de encontrarnos con Aquel que nos ha amado primero. Podemos no ser conscientes, estar distraídos, renegar, estar confundidos, perezosos, desmotivados…no importa cómo se halle nuestro interior porque hay alguien esperando más allá de la montaña que nos oculta su rostro. Hoy es ese momento de gracia, que te permite mirar y sentirte mirado…con ternura.
      Y es que la ternura es un movimiento que nos hace salir de nosotros mismos para volcarnos en la preocupación por el otro. Se entiende, de forma errónea, que la ternura es propia de personas blandas, de mujeres, o de gente aniñada. Pero la ternura comporta dos movimientos que nos pueden hacer crecer en el dinamismo de autoafirmación y de interdependencia. La ternura necesita del “darse cuenta” de los que nos rodean. Nos hace huir de la preocupación enfermiza que podemos tener sobre nosotros mismos, o de la independencia autónoma que nos aísla del resto del mundo. La ternura invita a la caricia, a sentir que no estamos aislados, solos, sino que formamos una red de relaciones y cuidados, de preocupaciones conjuntas y simetrías, como un castillo de naipes sustentado en nuestra debilidad y en la necesidad de los otros para sostenerme.
      Hay quien piensa que la ternura se da de forma natural. Que es algo que, simplemente, sale. Y puede que haya una componente sentimental que sea realmente así. Pero, como todas las grandes potencias del hombre y de la mujer, necesita un cuidado, un trabajo, un mimo para poderse acrecentar. Incluso para poder vivir. Porque puede suceder que nos hagamos agrios e insensibles, parapetados en nuestros miedos y amarguras, cerrando la posibilidad de que fluya desde dentro de nosotros, esa corriente de amor que es lo más genuino y específico que tenemos. Puede que, si no entrenamos el músculo del corazón terminemos viviendo como zombis, muertos en vida, que no saben reconocer el latido, las grandezas y las necesidades del otro. La ternura, si no se practica, huele a flores muertas, ese extraño olor dulzón que molesta más que embriaga.
       La potestad de la ternura es la vida. Y la expresión humilde de ese acercamiento, que reconoce la necesidad y la dependencia sana que nos urge para poder desarrollarnos. Nadie hay avezado en estas lides, todos somos aprendices. La ternura es el descubrimiento y la mirada sensata, la sorpresa y el acercamiento, la caricia y el cuidado, la ocupación hacia ti y la apertura para que recorras el camino de mi interior. La ternura requiere esfuerzo y sensibilidad, cordialidad y respeto, mima a quien la da y hace crecer a quien la recibe. La ternura se cuida de las necesidades del otro, acaricia sus llagas, llora las lagrimas con el otros, sonríe su vida, sostiene y quita el hambre. Puede que, lacerados por la cantidad de reveses de la vida, o incluso de las personas, podamos llegar a pensar que no somos merecedores de ternura. Nos convertimos en mendigos desesperanzados pensando que nadie socorrerá nuestra indigencia. Extendemos las manos con un gesto automático, pero desprovistos de toda certidumbre. Creemos que no nos tocarán, que no nos reconocerán, que no se cerrarán nuestras heridas de guerra. No creemos que, sobre nosotros, pueda caer el bálsamo del perdón…sin embargo:

“Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar « setenta veces siete » (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!”(EG, Papa Francisco)
      Hay también un aspecto dinámico, conjunto y social de la ternura. Y es que la justicia y la solidaridad son la ternura de los pueblos, porque hay quien cree que sólo estamos tu y yo. Sin embargo hay una infinidad de criaturas, un piélago de almas que deambulan, como tu y como yo, por esta tierra. Gentes a quien la vida les ha herido, el hambre les ha cercenado las esperanzas, las injusticias les han agotado las fuerzas, o el dolor les ha amargado la dicha. Y, juntos, podemos construir una ternura que va mucho más allá del contacto físico, auque también lo precise. Porque en el sostenernos y aliviar nuestra penurias se nos van las caricias y los esfuerzos. Aquí, acariciar, es trabajar para desaparezcan esas formas de aislamiento y destrucción que hacen del mundo un lugar demasiado inhóspito para muchos.
     Vuelve a decirnos Papa Francisco, esta vez refiriéndose a María:
“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque « derribó de su trono a los poderosos » y « despidió vacíos a los ricos » (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia.” “Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás « sin demora » (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización.” (EG, Papa Francisco)
     Pero la ternura no es sólo un sentimiento y una actividad humana. Reconocemos de Dios, y en Jesús, esa fortuna de sentirnos mirados, comprendidos, acompañados, sostenidos. Recuperar la ternura del Dios encarnado. Habilitar espacios donde poder saborear esta entrañable especie de identidad con Él, que nos donó desde la creación.
  “Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.” “Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida.” “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: « Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor » (Lm 3,17.21-23.26).”(EG) 
       Por último decir que hemos de aprender a acoger con ternura en nuestras comunidades cristianas. Hemos de recrear esos espacios donde las criaturas que vienen cansadas, agobiadas, aquellas cuyos problemas y dificultades les abruma la vida, las personas rotas y sin recursos, todos esos y muchos más deben encontrar lugares, y grupos donde descansar. Nuestras Parroquias, nuestras comunidades han sido sitios frecuentados por los mismos, los de siempre, aquellos que encontraron en su tiempo una respuesta a su situación. Pero hay aún muchísimas personas alejadas, desconcertadas, recelosas…que necesitan de ese sitio. Hemos ir al encuentro de los más desfavorecidos. Y no sólo aquellos que tienen dificultades económicas, que ya es duro de por sí. Sino también de todos los que tienen cicatrices en el alma. Deben encontrarnos provistos y disponibles. Nuestras comunidades deben proveerse de arrobas de ternura, de kilos de cordialidad, de toneladas sonrisas y paciencia, pero también de muchos billetes hacia el exterior. Hay que salir, como dice el Papa, a los extrarradios, a las cunetas, donde nos encontraremos los que sufren. En definitiva, una Iglesia-Parroquia en misión, con un enorme corazón de misericordia y ternura.
 Pedro Barranco.©2013