jueves, 22 de octubre de 2009

Y ahora ¿qué?

Bueno, parece que se terminaron los ecos informativos de la manifestación contra la nueva ley del aborto. Algunos han aguantado el chaparrón como han podido: se refugiaron en casa, se arrugaron partidistamente aunque la conciencia les llamaba, o se escudaron tras medios de comunicación mesa-camilla que les daban la tranquilidad de que su hijo era el único que no iba con el paso cambiado...
Y ahora ¿qué? Quien crea que el Gobierno va a escuchar a la calle, se equivoca. A esta sólo se le oye cuando los medios afines tienen un interés determinado que coincide con su ideología. Si alguien cree que algo va a cambiar porque más de un millón de personas dijo NO, creo que es buena persona, pero ingenuo.
Los que venden el aborto como progresista debían explicar muy bien qué quieren decir. Que yo sepa el progresismo se medía por la protección de los más desfavorecidos de la sociedad, lo más débiles, aquellos que no tenían defensa. Justo los no nacidos, digo yo, que no pueden defender su derecho a la vida y que sólo lo pueden hacer quienes piensen que una vida humana debe ser protegida contra los que agreden contra ella. Lo conservador sería salvaguardar los privilegios adquiridos, osea los de la persona que no quiere que cambie su situación, justo la persona que aborta voluntariamente.
Pero todo esto no vale de nada. Y no crean que algunos partidos defienden a capa y espada esto ¿eh? Va siendo hora de que despertemos del sueño de los partidos, que nos crean ilusiones sobre la bondad de sus programas y, a veces, sólo defienden sus privilegios. Me ha parecido un éxito que la gente se eche a la calle para proclamar el hartazgo de los políticos y sus políticas. Pero la cosa debe ir mucho más allá y construir un entramado de acciones que lleven a nuestros prebostes a cambiar el paso.Porque la política es el arte de gonernar para el bien común, no para el bien de unos pocos. El diálogo, el consenso, el encuentro de las civilizaciones y todas esas monsergas debe empezar por casita. Creo que aún queda mucho para ganar la batalla perdida de la sensatez y los derechos humanos limpios y no teñidos de fricciones y odiso soterrados.
Invito a todos a que no nos quedemos contemplando cómo hacen los otros para oponerse a la disciplina de lo correcto, o de voto, o de lo que vende, y nos pongamos a defender, con mesura y convicción, aquello en lo que creemos.

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