lunes, 11 de junio de 2012

Tiempo del Espíritu y tiempo de la Iglesia


Tiempo del Espíritu y tiempo de la Iglesia
            Nos están tocando tiempos difíciles. O quizás todos los tiempos sean difíciles, no sé. Lo cierto es que estamos enfrentando un nuevo milenio con un descalabro monumental del sistema económico provocado, a buen seguro, por una sequía en la escala de valores. O por una escala de valores construida de tal forma que nos conduce, necesariamente, a donde estamos hoy. También los cristianos, insertos en la realidad cotidiana, ven cómo hay una cierta desafección, cuando no un desconocimiento, hacia el mensaje de Jesús como un proyecto de felicidad y plenitud para todos los hombre y mujeres. Además percibimos el foso que se abre entre un primer mundo privilegiado y consumista, y otro mundo enquistado en la pobreza y la miseria sangrante. Más aún, también, nos damos cuenta de la gran brecha que viene apareciendo con mucha nitidez en nuestro “primer mundo” diferenciando los privilegiados de los que lo son bastante menos: pobre y ricos.
            “¿Qué debo hacer?, ¿qué nos cabe esperar?” Es la pregunta del filósofo de la Ilustración Inmanuel Kant.
“Maestro, ¿adónde iremos?” es la pregunta de los discípulos.
Hoy, muchos de nosotros, también, nos preguntamos adónde conduce todo esto y qué debemos hacer mientras tanto. Quiero aportar algunas ideas, sencillas, para tiempos de crisis. Quizás no sean más que un elenco sin transcendencia, pero si valen para reflexionar un rato juntos, habremos aprovechado el tiempo. Y, como decía Pascal:”El hombre no es más que una débil caña, la más ruin de la naturaleza, pero una caña que piensa”. Ahí van:
-                   Los cristianos tienen en el centro de su fe algo que los distingue: poseen un mensaje que los conduce a la felicidad. Y esta felicidad se realiza  construyendo una sociedad de iguales; creando un mundo fraterno, de hermanos, donde cada persona se sienta aceptada por lo que es; integrando las diferencias y potenciando los elementos que nos unen; amando a los más desfavorecidos; acompañando cualquier iniciativa que respete  a todas las personas; cuidando del bien preciado de la creación…. Es decir, valorando todo lo positivo que está en nuestra naturaleza, y en la humana también. Por tanto, es importante saber que nuestro mensaje es optimista, positivo, y nos hacer percibir el rumbo de la historia ascendiendo. Eso no nos hace ingenuos, sino que nos invita a trabajar para que sea posible lo que ahora no es. Vivir desde ese optimismo vital nos hará afrontar la situación de manera diversa, con más empaque, con más originalidad, con más esperanza.
-                   “No estamos solos, sabemos lo que queremos” como decía la canción. Nos acompañan una muchedumbre de gentes que empujan el mundo en esa misma dirección. Cristianos que, desde la cotidianidad, se aparejan para labrar el mundo en esa onda de valores. La Iglesia es ese conjunto, ese grupo que busca construir el mundo que Dios soñó para todos (el Reino de Dios, en palabras de Jesús) y que no para de inventar fórmulas que vayan desarrollando ese plan. No vamos solos, por eso es importante construir la unidad, sentir el calor de los que reman en el mismo barco que yo. Es fundamental que la comunidad cristiana se vaya convirtiendo en el lugar cálido y transparente, que invita a vivir esa fe con otros y que empuja a hacer lo posible por aportar valores donde no los hay. Vivir, por tanto, desde la compañía y la corresponsabilidad en la tarea. Sentirse cuerpo.
-                   El evangelio nos invita a vivir fundamentando nuestra vida no en el poseer, en el tener, en el aparentar… Hay una constante que aparece en la predicación de Jesús hacia la sencillez, la austeridad, el compartir que hemos ido desoyendo. Si hay crisis, también lo será porque hemos aceptado los valores de la economía de mercado, del consumo innecesario, de la acumulación  de bienes en manos de los que pueden, olvidando el legado que Jesús nos dejó como forma de vida donde es más importante la persona que lo que posee; el cariño, que lo que se regala; la compañía, que los medios. Quizás habrá que pensar en decrecer, en consumir menos y aprovechar esta crisis para poner más énfasis en lo fundamental. Vivir desde la austeridad, pero no por racanería, sino para compartir y para no esquilmar el planeta.

Tres elementos sencillos: descubrir el valor positivo y propositivo del evangelio, construir una Iglesia fraterna y transparente, vivir valores de austeridad y generosidad.
Estas actitudes pueden, y deben vivirse, no como un esfuerzo meramente humano. La potencia de Dios, que es el Espíritu, nos capacitará para poder llevar a término los esfuerzos y el tesón de los que se anclan en la esperanza. Pero todos los hombres de buena voluntad pueden acceder al mundo de valores de Jesús.
Creo que todos los tiempos pueden ser buenos para reconsiderar nuestro estilo de vida. Los tiempos de crisis también. Y, para los cristianos, el tiempo se mueve no sólo según las categorías humanas. Dios anda trasteando entre los bastidores, esperando la apertura interior de cada criatura para conducir todo a la plenitud.

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