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Ante los
retos que plantean los tiempos en los que la comunidad cristiana debe decirse y
decir el mensaje de Jesús, siempre se pueden plantear muy diversas
alternativas.
Y sucede que, en este hoy que
vivimos, la Iglesia puede responder o huir, renovarse o perecer, adaptarse o
encorsetarse, mirar a otro lado o afrontar la brega, ser timorata o valiente, acudir a las fuentes
primeras o anclarse en interpretaciones…se pueden hacer muchas cosas, pero lo
que es indudable es que somos portadores de un mensaje que el hombre y la mujer
de hoy deben entender para llegar a la
plenitud.
Hay un
miedo a perder la identidad, que pudiera entenderse como lógico en una medida
aceptable, porque se tiene que conservar la esencia del mensaje, del que no
somos más que meras vasijas. La imperecedera verdad que descubre Jesús para el
hombre, no puede mutarse para que no sea lo genuino y específico nuestro. Por
eso el evangelio, como palabra definitiva de Dios al hombre en Jesús, es
siempre el referente necesario, el filtro por el que debe leerse lo que se dice
y cómo se dice. El mismo San Pablo tiene lugar en la historia de la salvación
desde el Maestro de Nazaret. Lo que diga ha de ser en referencia al núcleo del
mensaje.
En la historia,
la Iglesia ha tenido que hacer el esfuerzo de encarnar, en la cultura de su
tiempo, este mensaje. Y no siempre ha acertado. Es más, en ocasiones las
decisiones de la Jerarquía eclesiástica, los documentos oficiales, o
determinadas acciones han ido justo en sentido contrario al evangelio. Las
Bienaventuranzas quedaron ocluidas por las riquezas, las prebendas, el poder y
otras corrupciones. Ha sido ya bien
entrado el siglo XX cuando, con valentía, el papa Juan Pablo II, y ahora
Francisco, han pedido perdón por los desmanes y los graves desaciertos
cometidos incluso en nombre de Dios o de la Iglesia. No es de extrañar, porque
esta historia no está realizada sobre alas de ángeles, sino con la misma carne
humana que se falible y se equivoca, que es portadora de luz y de tinieblas.
Por esto,
entre otras cosas, la Iglesia tiene necesidad de reformarse siempre. “Ecclesia
Semper reformanda”.
También en
nuestro tiempo, en esta hora que nos toca vivir.
Es muy
necesaria la reflexión sobre el cómo de la Iglesia. Sin hacer aspavientos, ni
rasgarse las vestiduras, hemos ido adaptándonos a las formas de hacer las
cosas, e inventando nuevas. Nuestro término diócesis es civil –tomado de las
divisiones territoriales del Imperio Romano- el término presbítero (anciano) no
era religioso necesariamente, o la palabra Obispo (inspector)…todos términos
reelaborados para diferenciarnos de la Religión judía y romana. Y andando el
tiempo los distintos modos de concebir la Iglesia han dado paso a nuevas
intuiciones.
Por eso no
entiendo la inercia anquilosante que se tiene a la hora de reestructurar los
ministerios, servicios y responsabilidades en la comunidad eclesial.
Desgraciadamente el funcionamiento y la dirección en la Iglesia, la riqueza de
los carismas y la corresponsabilidad laical en el gobierno y pensamiento de la
Iglesia han ido perdiendo vigor y fuerza. Los laicos son piezas de recambio,
ovejas obedientes, hijos inmaduros que deben acatar lo que dice el clero. Esa
misma división, que no pertenece en modo alguno al pensamiento primigenio de
Jesús, es una grave merma en la forma de entendernos como comunidad.
Entiéndase. No es que no haya de haber una estructura organizativa basada en
los fundamentos del evangelio y en las intuiciones de San Pablo, sino que ésta
debe poder adaptarse para que no ahogue el Espíritu que sopla en toda la
Iglesia. Vivimos una enfermedad del
cuerpo eclesial producida por el miedo, la incapacidad, la pereza, o vaya usted
a saber qué, yo la denomino hiperclericosis
anquilosante.
Porque ¿No
hay que repensar el papel ministerial de la mujer? Lo tuvo en los primeros
siglos, desapareció por los conceptos sociales imperantes, a pesar de que Jesús
las privilegió de forma rupturista con el judaísmo de su época.
¿No ha de repensarse el celibato
eclesiástico? No existió como tal en todo el presbiterio hasta pasados muchos
siglos ¿vale sólo lo instituido a partir de una época?
Había multiplicidad de carismas
instituidos, de servicios en la comunidad eclesial que no eran clericales, sino
ministerios dentro de la Iglesia, por causa de un concepto monárquico y
centralista se fueron haciendo sólo para los sacerdotes, cambió y se empobreció
en el tiempo ¿no ha de repensarse de cara a una corresponsabilidad madura y
consciente?
Recientemente
escuché que un cargo importante de una Diócesis espetaba a un laico
comprometido en el trabajo por los más desfavorecidos: “tu podrás ser una buena
persona pero ¿consagras? No. El que consagra es el que manda”. Pobre, pobrísimo
el servicio a la Iglesia quien entiende el Ministerio de esa manera. Pero así
andan las cosas. En algunos sitios de Europa, y quizás en otras latitudes, las
comunidades eclesiales se empobrecen, esperando la llegada de liberados, esto
es sacerdotes, que animen sus parroquias. Mientras tanto languidecen sin
acertar a darse cuenta que son ellas mismas las que deben dinamizarse.
Desgraciadamente, si la iniciativa laical es potente, suele venir un sacerdote
que ahoga el Espíritu, apaga el pabilo vacilante, cierra todas las iniciativas,
y se queda tan pancho. Al fin y al cabo es el que manda. Y tampoco se piden
responsabilidades.
Hay que
reactivar una toma de conciencia, estamos en un cambio de época-como bien decía
el Papa Francisco- y eso nos va a obligar a no ser timoratos, y repensar los modelos.
No nos va a ir bien si reculamos a los cuarteles de invierno, nos atrincheramos
en estructuras que nada dicen del evangelio al hombre de hoy, nos convertimos
en “puros” frente al “mundo perverso” olvidando la necesidad de contaminarnos
en la brega del anuncio y no tratamos, con honestidad, de ir a los caminos
donde se encuentran las criaturas a las que hay que decirles hoy la Buena
Noticia.
Pedro Barranco ©2018