viernes, 30 de noviembre de 2007

Desencuentros


Suceden constantemente en la vida. Un día alguien se acerca, en el sentido inmediato y también en el extenso, y toca tus emociones. Se produce ese encuentro en el que vaciar las intimidades. Aprecias y te aprecian. Quieres. La persona se convierte en un paisaje conocido por el que gusta transitar. Risas, conversaciones, alguna tristeza, sueños, ideales, descansos, paisajes, trabajos...todo por nada. Bueno, quizás y acaso, por lo mismo que se da. Saberse mirado.
Eres alguien, entonces y además, cuando alguien pone en tí su confianza. Somos un canal de comunicación abierto las veinticuatro horas del día y la noche.
Pero algo, inopinado, desconocido, ignorado, provocado o no concita la hecatombe. O no. Bien pudiera ser que el tiempo, la distancia, la desidia o el despiste vital pusiera frío y desangelara aquella presencia.
Pero se va disolviendo, confundiendo los caracteres queridos con la suma de muchos que fueron. Y el alma se convierte en un erial de distancias y ausencias. ¡Qué triste, entonces, encontrarse con el eco de los fantasmas que anduvieron habitándonos!
Esta tiña del alma tiene remedio. No remedos, que son como engaños que suceden en el espejo difuso de la memoria. Digo remedios, y digo bien. Abrir las puertas al encuentro, y que nos sepan receptivos, no melancólicos en las brumas de lo que soñamos pudo ser y no ocurrió. Plagados de seres en este ahora, pero con regusto por reiniciar, por aprender del pasado que somos, también aquellos que fuimos y los que fueron nosotros.
Te convoco al encuentro, no sea que la parca nos encuetre en la distracción alelada del solitario. Te invito al presente, con aquel tufillo agradable del pasado que nos hizo. Pasa, entra.

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