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miércoles, 13 de febrero de 2008

Hacia la Pascua

Andamos arremangados, a ver si nos convertimos. Nos lo recuerda el tiempo de preparación en el que estamos porque, sin lugar a dudas, el espíritu es una de las categorías humanas necesitada, hoy, de más atención.
Es verdad que primero, como sostén, tenemos el cuerpo. Bueno, y también como vehículo, o como realidad que nutre y da consistencia al ser. No tenemos un cuerpo, podemos decir mejor que somos un cuerpo. Quizás durante mucho tiempo, influido por determinadas filosofías, se le consideró como cárcel del alma. Como un peso. No se entendía como una realidad necesaria e intrínsecamente unida al ser. Había una especie de divorcio y de sospecha. El cuerpo era el enemigo. Y, naturalmente, todos los apetitos, o lo que pudiera dar placer, o quizás unas sensaciones placenteras, eran considerados como sospechosos, como diabólicos. Obviamente, esto que expongo, no es más que una simplificación y, por tanto, una visión reduccionista de la historia del pensamiento y de la cultura. Pero puede servir para hacernos una idea. De esta perspectiva surgía una determinada espiritualidad y una forma de cumplir lo que Dios quería para cada hombre y cada mujer. Hoy nos encontramos con una fórmula más integradora de la persona, considerándola un todo. Por lo menos en la mayoría de las veces.
Sin embargo, lo que creo que aportamos de distintivo a lo que llamamos ser hombre es, precisamente, aquello que nos hacer ser autoconscientes de nuestra diversidad y de nuestra originalidad.
El espíritu, esa categoría única del ser humano, está constantemente reclamando nuestra atención. Cierto es que, muchas veces, estamos en las ramas de un bosque de necesidades que confundimos con lo prioritario. Pero resulta que, superadas todas las carencias primarias que nos acucian, se abre paso en nuestra interioridad la gran pregunta sobre lo que somos realmente nosotros. Está aletargada, o esperando poder salir, aquella primordial identidad que se cuestiona qué hacemos aquí, adónde conducen nuestros esfuerzos, qué ponemos primero, qué se lleva todas nuestras energías…No es más que aforar el pozo de nuestra riqueza lo que pide nuestro inmenso caudal de ser.

La Cuaresma es un buen momento para ello. Para caer en la cuenta sobre la necesidad que tenemos de entrar en el espacio sagrado de nuestra esencia y, con paciencia y mimo, cambiarla hasta hacerla más de Dios. Tarea nada fácil, pero cuya recompensa nos traerá más felicidad - o plenitud - que todos los chismes que podamos acumular. Una invitación cíclica a volver a las fuentes del ser, que encontramos en Jesús, para poder hacer el mundo a la medida de Dios Padre. Cuaresma es el periodo de desierto que nos corresponde en cada aquí y en cada ahora. Porque sólo desde un espacio reservado para entrar en el centro de nosotros, podemos afrontar la gran tarea de ser hombres y mujeres completos. No hay complicación, sólo tiempo. Un tiempo que se vuelve infinito porque se repite para ir profundizando, como una enorme barrena de rosca, y airea las entrañas para purificarlas. Esta enorme taladradora es la Palabra de Dios que escarba y rompe, despierta y llama. Y lo hace allí donde escondemos rastros de la tiranía que ejerce el, llamado, hombre viejo en nosotros.

La Iglesia, ha ido acumulando, a través de los siglos, mucha sabiduría sobre cómo sucede el crecimiento interior en las personas. Los místicos que han aparecido en su seno aportaron apreciaciones, caminos, y visiones que han ido enriqueciendo ese caudal. Y uno de los elementos que nos sirve es el de entender el tiempo como un ciclo en el que nos insertamos para que, asemejando la forma de una espiral, nos vayamos acercando cada vez más al centro del Misterio. La Cuaresma nos vuelve, insistentemente, a poner sobre aviso de la precariedad de nuestros cambios, si estos no van envueltos en la constancia y en la apertura a la Transcendencia. O, dicho de otra forma, acercarnos a Dios a través de Jesús nos obliga a sudar la camiseta. Y también a confiar en la capacidad regeneradora y paciente que Él tiene sobre nosotros.

Porque resulta innegable que hemos puesto mucho esfuerzo de nuestra parte. Y en muchas ocasiones. Pero no se han dado los resultados apetecidos. O bien hemos confiado sólo en el poder divino para que termináramos en la santidad deseada. Ahora se convierte en tiempo de salvación porque no es sólo humano, sin también divino. Entrar en el hondón del ser es reconocer la interacción que se da, a escala interior, entre nuestra limitación y la inmensidad, entre Dios y el hombre. En esa batalla estamos, pero también en esa victoria. La humildad de nuestro ser criatura nos conduce hasta el Creador; y el reconocimiento de nuestra finitud en el mejor impulso hacia la perfección. Ni nosotros, ni Dios, se han convertido en los enemigos contra los que tenemos que contender. Somos nuestros mejores aliados, Dios es nuestro mejor asociado.

Por eso, entrar en este tiempo, puede resultarnos tedioso sólo si vamos a él con la repetición machacona de nuestros fracasos. Pero si lo intuimos como un tiempo de gracia, vamos a poder abrirnos a toda su riqueza. En el fondo estamos esperando la reparación de nuestras heridas y, en la aceptación de ellas está la posibilidad de la curación. Dios es, a la vez, un bálsamo y un acicate para que las podamos superar. Nosotros somos protagonistas y espectadores.

Según nos recuerda la Escritura, este tiempo se convierte en el desierto y en el silencio, al que somos llamados antes de la misión. Necesaria porque puede habitarse, esta soledad árida y espesa, es el umbral para introducirnos en la auténtica realidad. Esta se encuentra allí donde el hombre se termina entendiendo a sí mismo en íntima unión con sus carencias y su Dios; su tarea y su ignorancia de los fines con los que acometerla; su verdad y su mentira. Y, aleteando siempre sobre estas aguas primordiales, el Espíritu divino que puede convertir las carencias en fuerza.

Invitación, pues, a cuidar el tiempo en el que podemos empezar a ser. Y a habitar este tiempo no como sobrevenido, sino como sobreabundancia. Sería bueno estar en él, con la serenidad de que podemos hallar nuestra identidad a través de nuestra itinerancia. Y al Amado en ese encuentro.
Pedro Barranco©2008

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