martes, 28 de febrero de 2012

Cazador de abrazos.

No me entiendan mal. No es que yo ande robando por ahí, a la naturaleza propia de las cosas, su intimidad más profunda. Ni que ande matando ilusiones. Tampoco, ¡Dios me libre!, encerrando en una jaula infecta lo que sustenta las más de las veces la reconciliación, los nuevos encuentros, o los afectos más honestos.
Es que resulta que ando siempre con un hambre interna que me hiere las entrañas. A veces no me deja dormir, o me suspende el sueño momentáneamente y me desvela en plena noche, para imaginar las mil formas posibles de cazar uno.
No creo que sea un psicópata, la verdad. Me enseñaron, cuando no tenía capacidad para asimilar conscientemente el mundo, que la seguridad y mi propia identidad, pendían justamente del momento en que me tomaban, me acunaban y me abrazaban. Desde ese momento, y desde ese reconfortante estado, creo que me sometí para siempre a la caza, búsqueda y captura de las entrañas abiertas de los otros en los abrazos.
Cazar significa tener abiertos todos los sentidos para saber en qué instante aparecerá lo que buscas; leer en las cosas lo que saben decirnos pero no comprendemos de forma inmediata; esperar al acecho, con la paciencia de la lógica que se sustenta en la experiencia; prever los movimientos para que nos coja alertas…
Abrazar significa muchas cosas. Créanme que nunca he dejado de aprender de estos gestos. La amplia gama se multiplica porque no es lo que cada uno hace, sino lo que se centuplica, porque son dos los que asumen el riesgo de ofrecerse en un gesto. Pones tú, pone el otro, y además se produce la magia de otra cosa, que no es lo tuyo, ni lo mío.
Conocí a mucha gente que despreció el abrazo. Lo minimizó, lo ridiculizó, lo obvió. Gente que se negaba a decir lo que quería, a palpar la evidencia de la necesidad que tenemos de los otros, de ese otro que se acerca.
Hay gente que siempre es receptora de abrazos, pero nunca los da. Yo creo que son un poquito ladrones, porque saben que siempre están por ahí, colgados de cualquier persona de bien, y se niegan a trasladarse de sus agónicas posiciones…no se saben, en definitiva.
 Hay gente con unos brazos cálidos como una atardecida entre castaños, como el olor de la primera lluvia. Hay quien fructifica entre ellos, se nota porque producen una sombra alrededor de seguridad. Hay gente que reconcilia con los abrazos, que sale al encuentro con los abrazos, que habla con los abrazos, que disculpa y perdona con los abrazos, que suplica con los abrazos. Hay quien tiene necesidad de ellos, buscan un refugio en la refriega de la vida…yo los entiendo. Se saben vulnerables porque las inclemencias de la vida, a veces, se convierten en un bosque amenazante.
 El abrazo verdadero se distingue del falso en la intensidad del donante y en la percepción del receptor. Aunque hay quien sabe engañar, no crean. Pero a un buen cazador no se le entretiene con piezas menores. Yo sé reconocerlos.
Sinceramente creo que es importante saberse un buen cazador, y no alguien que esquilma la intensidad de lo que se da naturalmente. No se deben matar abrazos para conseguir un estúpido premio que me cuelgue en la pechera, diciendo que soy el más querido, o el más apreciado. Esos usan malas artes, y terminan abandonando las buenas piezas, porque están más interesados en ser admirados, que en ser queridos.
Un buen abrazo se espera con tensión, se ejecuta con ternura y se disuelve como lo hacen las aguas del primer riego. Y perdura siempre, es un olor persistente que impregna los momentos.
Un buen abrazo se parte en millones, porque es una explosión que está palpitando, deseando expandirse. Un abrazo dice más que hace, hace más que muchas palabras puestas en fila, perfila mejor los rostros, afina las miradas, se convierte en un gran disculpador y hace que dialoguen las almas de los afectados. Y si respiras profundo en el abrazo, te sumerges para siempre en la dulzura de un encuentro. Si aprietas bien fuerte, pero si hacer daño, ya no sueltas más los lazos que has creado. Si cierras los ojos durante el abrazo, se produce la magia de ver siempre al abrazado. Si el abrazo es pleno, ya no se disuelve. Si se acompaña de un beso, advierte necesidades. Probablemente habrá mil tratados sobre abrazos.
Yo los cazo. Y, créanme si les digo que siempre aprendo de ellos. Y se disfruta mucho más.

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