jueves, 8 de noviembre de 2007

Cuestión de intensidad.


Hace un tiempo que llevo enfrentándome a una realidad que me perturba, que convive conmigo, y que interesa a muchos de los que me encuentro, aquello que llaman acedia o demonio meridiano. Desde luego, está suficientemente estudiada en la mística y la espiritualidad. Pero, llegado que me ha esa etapa de la vida donde se confunden cansancios, decepciones, sinsabores, luchas, fracasos, esfuerzos cíclicos, esperanzas de cambios y un largo etc. no puedo más que sentarme a digerir el concepto vital y tratar de afrontarlo desde las dos potencias que mejor conozco: el espíritu y la razón.
Esto que llaman el demonio meridiano no es más que el cansancio que acomete a la persona que se ha puesto a batallar en la vida tratando de ofrecer lo mejor de sí mismo y que, llegado un momento, tiende a bajar las armas, los listones de superación, para conformarse y amoldarse. Más aún, se pregunta si valió la pena lo conseguido y lo peleado.
El demonio del mediodía está descrito perfectamente, porque ha actuado en múltiples ocasiones. En la mayoría de los escritos de los místicos orientales, o de los padres del desierto, se le representa como aquel que asaetea al monje en esa hora de la siesta en la que la modorra obnubila el entendimiento y la voluntad.
Hoy también se da. Pero está recubierto de nuevos andrajos, de una forma sutil de grandeza o de la aúrea mediócritas. Bien es cierto que la experiencia religiosa no constituye, en nuestros días, el objeto de la preocupación de los medios de comunicación y, por eso, revisten éstos esa experiencia, en muchas ocasiones, de ropajes con un contenido explícito menos religioso. Como si le hubiéramos otorgado la característica de vergonzante. No pasa en todo el mundo, claro. Quizás en determinadas culturas, sobre todo en la occidental, y también de forma desigual. Pero lo cierto es que nadie está exento de esa atonía, desgana, tedio o sopor que sobreviene a la vida, y que nos acerca a la pregunta sobre el sentido último de nuestro ser y de nuestro actuar.

Cierto es que todos soñamos con cambiar el mundo. Sobre todo aquellos que nos agarramos al ideal caballeresco del bien que triunfa siempre. Los de mi generación hemos tenido grandes santones que pusieron su vida al servicio de la verdad o de la justicia: Mahatma Ghandi, o Martin Luther King, por citar algunos. Quizás nuestros héroes no eran tan de papel couché como hoy. No nos importaba tanto la estética, sino mucho más la ética. Pienso que quizás ese afán de aventura que cristaliza en el ser que suspira más allá de sí por un ideal, pertenece a todos los momentos históricos. De una forma o de otra. Es bien cierto que sucede esa ensoñación en la juventud –utilizo aquí el término ensoñación en su acepción más positiva, no tanto como ilusión vana, más bien como ideal al que se tiende.

Pero si esos sueños se dieron, los que han pasado tiempo de su vida en ellos -o distraídos en otras cosas, o mirando de soslayo cada vez que la batalla se lo permitía- pueden tener la tentación de escarbar en la desgana y pervertir los mismos con la mentirquilla peligrosa de la conformidad. Pueden pensar que el descanso del guerrero debe prolongarse más allá de un breve respiro, y desertar tirando la tarea de su propia descripción de sí mismos como luchadores. “Vana es la tarea que nos trae” -puede soplarles el demonio meridiano- “mejor sumarse al desierto de los torpes que pujan por ponerse a la sombra de los dóciles”.
No pasa nada si la duda se cuela por los resquicios del convencimiento. Getsemaní es un aserto, una afirmación imperecedera, una química innata en nuestro funcionamiento vital. Los sudores de sangre significan la responsabilidad que pesa sobre nuestras acciones, sin más sujeto que nosotros. El tormento de verse dibujado en un futuro inútil es, cuando menos, una experiencia dolorosa. Y necesaria. Si no dudáramos seríamos unos necios avistando un espejismo. Getsemaní es un paso hacia la heroicidad o el fracaso.

Y debo confesar que este hombre, Jesús, no deja de noquearme cada vez que lo pienso. Seguro que se vio subido al cadalso de la ignominia olvidado de los suyos. Era enormemente perspicaz y conocía el corazón miedoso de los suyos. Los sabía rondados por el demonio meridiano. Como Él. Pero no rotundos, sino inciertos.

Podría haber dicho “hasta aquí llego”, pero no. Porque es ahí cuando la mordedura de la medianía hace efecto. El veneno del abandono de los ideales se riega en las venas de las ganas y funde el acero más duro. Cuando sobreviene ese momento, ese lapsus del querer, si nos dejamos morder, estamos perdidos. Es como morir por congelación, dicen que sobreviene el sopor, el sueño grato, y nos va parando las constantes vitales. Al final, la muerte. Así de real el demonio meridiano. Las fuerza que fallan, las certezas que desaparecen, la tensón que decae. Y, sobre todo, la distracción, que nos pone en función de ñoñerías, siglas, ideales vacuos y banalidades varias. Convertimos nuestra vida en un soserío propio de aburridos y ahí llegamos. Todo lo demás es vegetar.

Preguntarnos hoy por los grandes ideales quizás no esté de moda, no lo sé. Pero debe ser el grito que nos haga salir de la parálisis vital y nos enmarque en el cuadro que somos. Estamos proyectando una grandeza infinita, porque estamos hechos para eso. No sobrevolar es sujetarse, como gallináceas, al calor de lo seguro. Apesebrarse con las consignas dictadas por otros es comer siempre en la palma de la mano de los dueños. Y nosotros regimos como señores en el entendimiento y la voluntad. Nos hace grandes esa grandeza. No soñar es tener pesadillas de tedio sin fin, un desierto de verdades que nos obliga a ponernos en la sombra de los otros. El demonio mañanero, la acedia, quiere que mudemos, no la piel, sino el ser, para llegar a ser de otros. O no ser nosotros, que es igual.
La refriega es la que hace correr la sangre. La refriega vital, se entiende. Podemos parar para tomar aliento, sí, sólo lo justo para llenar los pulmones del aire que nos lleva más allá. Mucho más allá. Sujetarse es difícil, más para los que se piensan venidos de la nada, sumidos en la nada, y abocados a la nada. Los creyentes están abordados por una certeza más lúcida, nuestra existencia tiene una proyección final de infinitud. Cosechamos lo mejor de nosotros cuando arremetemos contra toda clase de medianías. Seguros en aquellas palabras del Apocalipsis “porque no eres ni frío ni caliente te vomito de mi boca” vamos abandonando los campos de invierno para que nos se nos congelen las ganas de ser mejores, de ir más allá, en definitiva, de ser santos.
Combatir el demonio mañanero retornando sueños, quizás más maduros, pero más apasionantes puede ser un antídoto. Pero lo será más afirmar los pies en las convicciones más profundas, anclar la esperanza en aquel amor que nos amó primero, y apoyar la fe en las pequeñas acciones que cubren nuestra vida.

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