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martes, 20 de mayo de 2008

Mis hermanitas y hermanitos:
Aunque no veo los rostros de los que se pueden acercar al comentario, al mío o al de los otros hermanos y hermanas que lo hacen, adivino que nos mueve un interés común por encima de todo: encontrarnos con Él, beber de su interior para poder llegar a ser totalmente de Él. Muchas veces podemos no entender, no saber. ¿Cómo interpretar este u otro acontecimiento? ¿Dónde está la voluntad de Dios? Nos pasa como a los discípulos. No entendemos y no nos atrevemos a preguntarle. Quizás porque sabemos que nos puede contestar y, que la respuesta, puede llevarnos a donde no queremos o no sabemos.
El Mensaje de Jesús, y su seguimiento, nos sitúan en una órbita de enfrentamiento con los valores contrapuestos a los del Reino, que nos puede llevar a un sufrimiento, a una pasión dolorosa. Podemos temer esto. Jesús nos asegura el triunfo, la resurrección. Pero nosotros queremos seguridades, saber que no va a haber fracaso. Por eso nos podemos enredar en las estructuras de poder.
¡Anda que no está claro! Servir, esa es nuestra tarea. Abajarse, no buscar prebendas, privilegios, reconocimientos, puestos de honor, títulos. No querer más que el bien de los otros. Hacerse último y servidor es darle la vuelta a esta tortilla del mundo y saber que somos un sustento del mismo. Y, por si fuera poco, Jesús coge al un niño y lo pone como ejemplo de la centralidad de los que no cuentan en medio del grupo de los discípulos.
A mí me llena de orgullo que muchísimos cristianos hayan entendido esto a la perfección y hagan de su vida, servicio; de su tiempo, descanso para los otros; de sus valores, ayuda constante. Claro que nos queda todavía mucho, porque los medios, a veces, nos traicionan. No hemos terminado de poner al niño, la humildad, en el centro. Pero en eso estamos.

Jesús, hermanito nuestro: ¡danos la fuerza que nace de ti para poder parecernos a ti!

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