martes, 21 de octubre de 2008

Una de astronautas

Y van y me dicen que por qué no cambio ya. Que está muy visto esto de los profes de religión. Y no me lo dice un cualquiera, qué va.
¿Saben qué pienso? Digo yo que a lo mejor no les interesa. Pero por si acaso. Miren, esto de la persecución , ¿y si es verdad? Porque lo que yo veo , cada vez más claro, no es una política errática, de decisiones a tontas y a locas. Qué va. Yo veo todo muy bien orquestado. No es que vea confabulaciones judeo-masónicas. Es que estoy percibiendo, con una nitidez que me asusta, que cada vez que se habla de cristianismo, sobreentiéndase Iglesia Católica, se le ponen a algunos una cara de estar oliendo a vinagre que les cantan las intenciones. O que se promulgan leyes, decretos, normas, etc, etc, etc, que lo que van haciendo es acorralar a los que profesan públicamente su fe eclesial.
Y me está hartando. Que en Europa, que se enteren, hay estados democráticos que son confesionales, y nadie se rasga las vestiduras. Se convive, se respeta, y se asume. Y no pasa nada. No es que yo quiera volver a un Estado confesional, no me mal interpreten. Pero es que resulta que aquí vamos en sentido contrario. Toda presencia de la Iglesia, sobre todo la pública, es denostada. ¿Ustedes saben por qué? Ser del Bétis no es objeto de crítica (bueno, un poco), ser de una peña, de un equipo, de un partido, de un sindicato, o incluso de alguna corriente esotérica, no es objeto de burla. Pero trate Vd. de opinar, de estar presente en el ámbito de lo público con el aval de los que, como Vd., creen y ya verá Ya verá.
Pues que me están hartando. Y creo que los cristianos deberíamos de hacer valer la fuerza de nuestra verdad, de nuestra convicción, sin arredrarnos. Con mesura, pero con firmeza. Con evangelio, pero con autenticidad. Decir de forma descarada ,ya, que no hacemos daño a nadie por proclamar la felicidad que nos ayuda a buscar la de los demás. Estar presentes en los ámbitos públicos (escuela, sindicatos, partidos, asociaciones varias, foros, tribunales, y plazas) defendiendo, con entrañable misericordia, que la verdad del evangelio no hace esclavos, sino libres. Que no es una vergüenza decir que tenemos un sólo Señor, y que los demás sólo son hombre al servicio de intereses más o menos buenos.
Va siendo hora de poner en su sitio las cosas ocupando nosotros el que nos corresponde.

2 comentarios:

MORANO dijo...

Nunca he creído en eso de las conspiraciones, nunca he tenido manía persecutoria, pero me huele a que voy a tener que cambiar.
Me molesta mucho, y sobre todo me provoca una sensación de hastío importante, el hecho de tener que vivir de puertas a dentro mi fe, y tener que avergonzarme, me molesta y me duele que cuando saco la cara por un compañero de trabajo y me preguntan ¿Por qué?, he de decir con la boca a medio cerrar y muy deprisa, que intento seguir el evangelio, la mirada es como: “este tío está zumbao”; sin embargo si se dice soy del Partido Político de los Trincones o del Sindicato Pocaverguenza de los Caradura te miran con admiración. Hay que joerse.
Creo que el vivir, o pelearse con los interiores de uno mismo, para vivir el evangelio es una opción de vida digna, dignísima, y nadie, nadie, tiene el derecho de intimidarme y menos aún a obligarme a vivirlo en mi casa y ojo, que no invite a nadie, por que entonces ni eso.
Pero esto no tiene que ver con la confesionalidad o no del Estado, no nos confundamos, un Estado puede ser no confesional y el gobernante de turno ser creyente, entonces toda la acción gubernamental estará “influenciada” por esta opción de vida. Todo esto tiene que ver con un miedo arcaico y ridículo, basado, o bien en la ignorancia más supina, o en el temor de que los cristianos ejerzan como tales y pongan en un serio aprieto la fácil gobernabilidad a la que están acostumbrados.
Ahí señor, a la hora de salir del templo nos tendrían que dar una cajita de protector para el estómago.

Anónimo dijo...

Claro que sí, Jose Luis. Nos queda una dura tarea por delante. Y no nos queda más remedio que empezar a colocar las cosas en su sitio. La beligerancia pacífica y contundente de quien aporta razones de conciencia es un arma débil, pero suficiente y capaz. Lo ha sido siempre, y lo será en tanto no nos arredremos.