martes, 2 de diciembre de 2008


Una habitación en el tiempo.

¿Cómo mirará Dios el tiempo? ¿Desde qué perspectiva, bajo qué prisma, percibirá nuestra fragilidad en el tenue devenir?

Muchas veces, instalados en este universo, atados a lo temporal, inscritos en el registro del espacio y el tiempo, podemos tener una ilusión óptica en este desierto de la vida: somos intemporales, pero sólo lo decimos para este aquí y este ahora, mientras que percibimos, miramos, sentimos... No creemos que la muerte se dice también para nosotros. Siempre le sucede a otro. Y le sucede cuándo ya toca a su fin la existencia. Y si sucede antes, es cierto que nos golpea y nos aturde, pero sólo temporalmente. En ocasiones respalda nuestra increencia, como una injusticia más que echarle en cara a un hipotético creador descuidado de su creación.
Habitamos esta casa como un huésped que no necesita reservar, como quien es dueño del hotelito. En el fondo eso que se llama inmanencia -la temporalidad a la que estamos sometidos, vamos- es una molestia que va creciendo a medida que pasa el tiempo y que causa estragos sólo al final del trayecto vital. No queremos percibir la caducidad, nos negamos a pensar en el vacío que puede invadir nuestra conciencia si dejamos de ser más allá de un pequeño lapso de tiempo. El encadenado e ininterrumpido suceder del tiempo pensamos que semeja la eternidad, pero es falso.
Sí, habitamos este tiempo y eso es un suceder de gozos que nos puede remontar a los límites de la felicidad misma. También al hondón de fracasos o estrepitosos desastres. Pero estamos, y con eso nos basta en la mayoría de las ocasiones. Como aquel que espera el autobús y no viene. Se queja, pero con la esperanza de que venga a no más tardar. Estamos, pero como quien no es más dueño de su existencia que la perplejidad de un instante. Estamos, y eso nos parece imperecedero, como cuando miramos la televisión para evadirnos de un mundo demasiado vulgar que no merece la pena vivir.


Pero vivir no es sobrevivir, es ajustarse los machos en esta realidad pura construida a través de opciones que nos van decantando, que nos van haciendo. Vivir no es un ejercicio de gasto innecesario de segundos amontonados en un calendario, es tomar conciencia de que soy en medio de un universo de posibilidades que se me van rindiendo, y que dan lugar a otro universo igual de posibilidades. Vivir es la soberana soledad de elegir, y de acertar o equivocarse en la elección. Vivir es saberse transportado hacia la eternidad, ese impulso que llevamos en el interior y que actúa, las más de las veces, como una brújula. Vivir es saberse sostenido, en medio de un mar borrascoso de innúmeros cruces, y saberse impulsado hacia la potencia mayor de mí mismo.
La figura del hombre rendido a la caducidad de las cosas, corriendo tras cada minuto, como si de él se asiera para poder ahuyentar los lobos de la noche, me parece un triste reducto de esa incapacidad para poder pensar una realidad que se nos forja distinta, si y sólo si, sabemos adivinar el suspiro de eternidad que la recorre. No como huida, no. Nunca el hombre es más hombre cuando sabe que sabe poco. Pero acierta a ver, lo ha hecho en toda su historia, que hay sólo un tránsito cuando adivina, en su inteligencia, que puede haber un infinito. Por eso nos alojamos en esta habitación con vistas a la eternidad.

Podría ser el asunto de Dios una cosa de la inteligencia, o una ilusión del alma. Podría ser la cuestión de la eternidad una intuición, más o menos necesaria. Podría ser. Pero tiendo a pensar que esta acerada conclusión de los más íntimos deseos de la humanidad, se acerca a lo que realmente somos: un proyecto que se recrea más allá de este tiempo y este espacio. Esto es, somos para siempre. Habitamos con esperanzas de estar para siempre habitando. Somos, no existimos. O al menos la existencia es una realidad que se suspende de nuestro ser. Esto me hace morar aquí con la mirada puesta allí.

¿Y Dios? Pues, como la mayoría de las religiones asegura, no está ausente. No mira para otro lado en el posible desahucio que nos sucede con la muerte. No. Aparece como un garante, como el que puso la fianza al principio de nuestro tiempo. Y que espera el veredicto final que hacemos sobre la casa.

Tengo que decir más. En el cristianismo, la eternidad se tornó una temporalidad concreta para dotarla de su sentido más brillante: Jesús. E hizo que el hombre, libre, pudiera optar por redefinir su postura vital a favor, o en contra, de sí mismo. Dios no fue nunca más una entelequia pensada, se convirtió en su compañía más sencilla. Porque quiso habitar en el tiempo, sin complejos, para ayudarnos a transitar sin desmayos. Podríamos decir que Dios quiso residir en la tierra, atravesando el tiempo, en una casa cordial, cercana y transitable – Jesús de Nazaret. Solo con una intención: poder entender que nuestra habitación tiene una proyección más allá de lo que vemos. Nos acompañó para hacernos descubrir un paraíso de eternidad. Un lujo de casa, un regalo de habitaciones que se iluminan para hacer acogida y feliz lugar de quien quiera habitarlas.


Que el Verbo se encarne no es más que comprender, de forma totalmente novedosa, la historia del hombre, su tránsito en el tiempo, su proyección de eternidad. Que se pueda acompañar la pequeñez humana, su quebradiza esencia, con una certeza: Dios está de nuestra parte, no nos abandona. Tampoco inspecciona la casa sin nuestro permiso, al contrario, pide permiso para entrar. El Creador sometido a su criatura. Dios se ha volcado en la realidad humana, ha vertido el caudal de su entrañable ternura en el hombre y lo quiere libre para poder atender a su cariño para reconocer que habitamos el tiempo para descansar en Él. O para negarlo y seguir confiando en que nada importa, quizás solo sobrevivir en la intemperie de un tiempo fugaz que termina en nosotros.

Pedro Barranco©2008

1 comentario:

Rafael B. dijo...

Vaya, hoy es santa Bibiana... curioso cómo pasa el tiempo.
Te he puesto en mi blogroll y así me entero cuando escribes algo.
Un saludo.