jueves, 21 de mayo de 2009

la memoria

El otro día, hablando con un amigo, caí en la cuenta de mis lapsus de memoria. No aquellos intencionados que se van colando en las rendijas del tiempo, no.
Eran momentos que fueron vividos con intensidad, pero que la arena de la distancia ha ido borrando cual un nombre en la playa.
¡Cuánta experiencia vital se nos va quedando entre las manos hábiles del pasado! Y lo peor es que no puedes resucitar aquellos instantes. Se ponen al lado de otros que sí, que se quedaron pegados, colgados en un espacio entre una nada y otra nada.
Y los nombres, y los rostros, que se desdibujan y se pegan como un collage que no corresponde a ninguna realidad. Miro fotos de gente que conocí y que ahora, pasado el tiempo y en un casual se encuentran, aseveran que son quienes dicen que fueron, pero ya no es así, al menos no para mi.
¡Qué cosa el pasado! ¡Y qué cosa nosotros! Pasamos andurreando para ver si encontramos compañías que señalen quien soy. Y sin pasar ni siquiera una vida ya no son, o no son lo mismo. Claro que el presente se llena de otros tantos, y que hay quien permanece y quien te afirma y quien te refresca que tu eres en ese que es el otro, también.
Pero no quisiera olvidar cuando el otro mira queriendo ver en ti ese reconocimiento. No sé si le pasa a otros, pero la vida, de tantos encuentros, se me vuelve benévola y hace que me mire con la soltura de saber que son muchos los que fueron para mi un espacio abierto al encuentro. Y son muchos los que serán, siempre que permanezca abierta esa ventana.
La memoria, selecta ella cual señora caprichosa, no puede conmigo. No puede con nadie, porque, a no ser que se nos vuelva moho el cerebro en ese Alzeimer que tememos todos, siempre nos traerá el gusto por saber que hoy es un pasado que podemos vivir en plenitud. Y mañana, ya veremos.

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