Mío es el beso robado
y la playa en la tarde
el recuerdo de tu sombra
y el arder del sol de mayo
mías son las memorias
y el olvido
las latillas, las carreras
y tu huida
mía y para siempre
la desesperación
la soledad
y esa irrefrenable compañía
los abrazos que di
y los que olvidé
aquella tarde sobre el coche
y la luz que sobresale
míos son el desconcierto
tus palabras y sus daños
las lágrimas vertidas
y las que acaricié
mía mi forma de verte
y la que te produce
el primer aliento
y el último espasmo
me pertenece la vida
y la muerte que le sigue
el umbral que pisaré
y la conciencia que soy
mío soy cuando no lo soy
cuando vierto
concentrado o disperso
cuando te sé
en soledad, enmarañado,
ensimismado, difuso
nostálgico y soñador
apegado a mis recuerdos
míos son el otoño
y los colores que pierde
la primera lluvia
con olor a tierra y moho
mías la sal de las mareas
ese húmedo frío sin levante
tus pisadas
sin las mías
Y porque me veo
y reconozco el hueco
que me habita
para poder serme
déjame salir de mi.
Pedro Barranco © 2018
miércoles, 25 de abril de 2018
viernes, 13 de abril de 2018
Elogio de la paternidad
Por muy
diferentes razones, me estoy parando a pensar en esta dimensión tan importante
del ser humano que es la familia, y la paternidad dentro de ella.
Si uno ha
sido engendrado por dos personas que expresan su intimidad de amor en la
relación sexual, no puede más que estar agradecido de por vida. Porque esta ha
sucedido, lisa y llanamente, en ese acto de amor y donación. El ser aparece
para siempre como regalo y como entrega. Soy como expresión, como fruto, como
intimidad expansiva que va más allá de dos seres. Es un puro acto creador. No
bastaría una vida, ni varias, para poder decir a los que me engendraron que mi
identidad, mi mismidad, la conciencia que tengo de mi y todas mis
potencialidades y defectos, mi realidad última y lo que la contiene han sido
producto y, por tanto, agradecerles que soy.
La
paternidad (y la maternidad), esa expresión de cuidado y sostén, no se paran
ahí donde empezó todo. Si es fruto de un amor abierto, recorre –ya para
siempre- la cotidianidad de los días,
hasta el atardecer definitivo. Ser padre no es un acto biológico. Sería solo
acción reproductiva si pretendiera únicamente la perpetuación de la especie, o
del apellido. La pura biología, sola, no habla de nosotros. Estamos
constituidos desde un nudo de relaciones y afectos, cuidados y ternura,
descuidos y errores, descubrimiento de libertades y de interrelacionalidad,
autonomías e interdependencias. La
familia es justamente el humus vital que me proyecta para poder ser quien soy y
seré. Es un acto creador constante, muy intrusivo en los comienzos, pero que se
va abriendo a la admiración de la originalidad del que crece como hijo.
Y digo que
recorre toda la existencia, y para siempre. Porque al acto de engendrar, y al
nacimiento, hay que añadirle todo lo que va a venir después. En la aceptación
de esa vida distinta de la mía, que no es un nosotros sino que va mucho más
allá, empieza el gran reto de escribir un libro sobre educación que no estaba
hecho hasta entonces.
Y es reto
porque va a exigir de ti que te des. Cuando tengas ganas y cuando no; cuando
sea grato y cuando no; cuando tenga recompensa o no; agradecimiento o no;
comprensión o no. Ser padre es salir de sí. Sostener. Buscar los recursos para
poder dar las herramientas necesarias al ser que crece en el seno de la familia
y que, necesariamente roba las libertades y el tiempo, para poder abismarse en
la maravilla que es que el hijo o la hija, y que se vayan haciendo. Un
edificio, una construcción que no deja de sorprendernos y asombrarnos, y que
despliega delante de nosotros el milagro de la originalidad. Las primeras
palabras, los primeros pasos, las primeras sonrisas, la pronunciación del
vocablo mágico –papá- hará que el universo gire de forma distinta. Los tiempos
se viven de otra manera, la intensidad de los mismos varía en función de la
criatura. Ya no hay parada, es un vértigo de responsabilidad y descubrimiento
que exige de nosotros toda la capacidad de verternos. Si quiere ser paternidad.
Hay otros sucedáneos, pero no son el objeto de mi reflexión ahora.
La gran
lucha no viene en los principios, sucede cuando el niño despunta en libertades
y autonomías, cuando el descubrimiento del mundo se vuelve hacia adentro. La
adolescencia, esa pugna por la soberanía, por dictarse las normas, por la
competencia y la necesidad de decirme como yo distinto del mundo, sobre todo
del familiar, pone a prueba todos los recursos…y toda la paciencia. Hay una
posibilidad de dialogo de mucha más altura, no de igual a igual todavía, pero
sí como un reto de opiniones, ideas y contrastes que va abriendo otras
conexiones neuronales en el cerebro del adolescente, y que le va a preparar
para el trasiego de la vida adulta. El mundo de los afectos, el descubrimiento
de la propia sexualidad, de la amistad, de las responsabilidades, la curiosidad
por probar otras experiencias…hará de la familia, en muchas ocasiones, un campo
de batalla, una desazón y una apuesta por el sentido común que hay que sostener
sobre los cimientos de un amor que se practica, de una compañía que se rechaza
y se añora, de la congoja que producen sus sentidas tristezas y soledades. Un
amor sostenido por la fuerza de la voluntad que quiere querer. Los padres
parecemos entonces despistados aprendices de un mapa irreconocible y, aún así, debemos
ser el norte seguro. Son muchas las inclemencias que nos zamarrean entonces y
que, ponen en peligro el equilibrio interno de uno mismo y de su pareja.
Contribuir a la construcción de un ser que prueba con metralla de calibre,
siendo la sombra de un árbol que protege a quien dispara. Ahí, ser padre es lo
mejor que podemos ofrecer. No ser amigo o colega, que lo confundiría en un
mundo donde cualquier relación es similar –y no lo es-, o cualquier opinión
ética tiene el mismo peso –y no lo tiene.
En este entramado del crecimiento
las sectas hacen su agosto. Dividen y separan de los seres que los cuidan para
prometerles una libertad de mentirijilla que ocultan sus métodos sibilinos. La
destrucción de las relaciones con la familia de referencia, poner el acento en
sus defectos para evitar mantener una correlación de amor sincero, recalcar los
puntos negros y el engrandecimiento de la independencia fuera de su contacto, o
alejándolo de el, hace de la persona un ser vulnerable y al pairo de los
caprichos de otros. Quien rompe las raíces, quien planta ruptura en el seno de
referencia es mal consejero. Busca beneficios a costa del ser del otro.
La paternidad debe buscar
vericuetos, trucos, atajos para llegar. Y debe buscar, en el centro mismo del
amor que cuida, las razones que hagan posible la continuidad del mismo.
Debemos prepararnos siempre para
la ida. Empezó en el nacimiento. Será más evidente cuando quieran volar
estrenando errores y aciertos. Conciliar autonomía e interdependencia es un
acto de equilibrismo. Hoy, quizás, hemos empoderado con demasiada vehemencia
una libertad ausente de lazos y responsabilidades. Nuestros hijos también lo
son de su tiempo. Les va a costar distinguir. Como decía el filosofo Maritain,
debemos saber distinguir para unir. En demasiadas ocasiones esta redefinición
de cómo ser en el mundo, hace que la huida de las relaciones paterno-filiales
vaya pareja al enfriamiento de las mismas. Retomarlas será otra opción de amor.
Esperar, contra los mismos datos que nos hacen dudar de nuestro frágil esfuerzo
en no equivocarnos, tensionan todas las fibras del alma. Tiembla bajo nuestro
suelo la certidumbre de haber acertado, y caemos en la cuenta de cuántas no. Y
sin embargo, ante el posible desafecto, ante un vuelo muy rompedor o distante,
debemos permanecer. Creer que podemos rehacer una sociedad equivocada por la
intemperancia de una libertad que se opone a la interrelación en nuestros
hijos, es un reto. No son lo mejor de nosotros, son ellos. Y son, en parte,
fruto de nuestra opción por ellos, aunque no acostumbren a mirar en nuestra
dirección, o sequen las fuentes del cariño por descuido.
Por eso, creo que permanecer,
estar siempre, sostener, son el mejor tributo que podemos ofrecer. Puede que,
entre otras cosas, eso sea ser padres.
Pedro
Barranco©2018
martes, 3 de abril de 2018
Pregón Pascual 2018
¡Qué calle ya el silencio,
que brote de su entraña
una canción, un verso, una palabra!
¡Que se haga luz en la garganta,
que todos los seres entonen a una
la grandeza del trono de pan,
la maravilla del Reino de los pobres,
la Humanidad nueva, recubierta y distinta!
Dios, Padre bueno, con nombre de cercanía y abrazos de
acogida,
miraste la creación, apenas descendía el silencio sobre la
nada,
miraste y amaste un orden creado para la plenitud,
soñaste un universo y sus leyes armónicas, dadas, explosivas
hechas para crecer y expandirse.
Y en este orbe, aún frío de Ti, soñaste el mundo,
miraste más allá de las cosas sin ánima,
y pensaste en compañías, en recrearte Tú,
te miraste a ti mismo como un amante fiel
y deseaste el gozo que no cesa en los otros, para los otros.
Un amor incandescente y luminoso que
Se volvió germen del hombre, de la Humanidad. Y se hizo
ella.
El hombre, esa maravilla cosida en libertad
Y para el amor.
Sin embargo, tan frágil. Como ese Adán que se miraba
y veía solo el ansia que le llamaba a ser solo el, y el
solo.
O el pueblo de Israel, cegado por el afán de dominar hasta
al mismísimo Dios.
Y tu nos miraste y nos amaste. Para siempre.
Por eso bastó tu fuerza liberadora para deshacer
los mares de dificultades, la fuerza del pecado,
las negaciones de Pedro y las huidas de lo tuyos.
Persististe en ver más allá de nuestro barro:
ese querer ser diosesillos que fuerzan a los otros para
ponerlos a nuestro servicio.
¡Te diste todo a nosotros, y te devolvimos torturada y
muerta tu esperanza!
Pero se posó tu mirada en nuestra herida,
y en el hueco de piedra que albergó a Jesús
y tus lágrimas florecieron la vida donde hubo muerte.
¡Feliz pérdida por la que te encontramos!
¡Jesús ha resucitado!
Y esa es la mirada de Dios que quema al mundo y lo hace
nuevo.
Es la apuesta, la novedad, la vida para siempre.
La noche no hizo más que ser parto,
La luz desgranó el haz de vida,
Rompió la roca, mató la muerte.
Y ahora, en este nosotros que nos haces,
Iglesia, comunidad reunida y redimida nos pides
que miremos y rehagamos, abracemos y curemos,
construyamos otro orden, uno nuevo,
a tu manera,
a tu mirada.
Que la noche nos coja en vela,
que el alba nos sorprenda en amor,
que tu venida nos sobrecoja en la brega,
que tu Espíritu no lleve en volandas,
que se apaguen las fronteras,
que nos encontremos hermanos,
liberados al fin, puestos en pie sobre nuestras
convicciones,
en afán de justicia, con la libertad de la paz.
Amén.
lunes, 19 de marzo de 2018
Ser padre
Desde aquel aciago momento en que
Freud habló de matar al padre, para llegar a la autonomía y a la edad adulta, y
para vivir la libertad y estar ausente de represión, los padres hemos afrontado
infinidad de retos.
El inevitable, y que nos marca,
es el de la misma naturaleza. Ese estar hecho para vaciar, para esparcir, para
salir de sí y no ser un contenedor que provoca el crecimiento, y el ser, nos
sellará para siempre. El mantenimiento de la especie no nos hizo proclives,
podría parecer, al sustento del nido. Bien es verdad que no sucede de la misma
manera en todas las especies. Pero al menos sí en aquellas con las que nos
comparan. Y, claro, salimos perdiendo. Porque los ejemplos se buscan, a priori,
para forzar un argumento que es un prejuicio.
La sociedad burguesa endiosó la
libertad como el aspecto más determinante de nuestro ser. El existencialismo lo
utilizó como arma de batalla. Olvidó la otra pata que los grandes humanistas
contemporáneos no lograron subrayar con las misma vehemencia: el ser con los otros.
Y así, la supuesta libertad de los hijos es un arma que se esgrime para huir.
Una categoría que mezcla muchas cosas en el mismo paquete. La familia es un
sitio que estorba la libertad y, por eso mismo, puede y debe romperse para que
la autonomía alcance las cotas necesarias de la madurez.
Y además, este nada sigiloso
emerger de una corriente que quiere empoderar a las mujeres. Nada que decir con
respecto a la necesidad de que se consigan igualdades. Pero, otra vez,
mezclando en un mismo sitio distintas filosofías y visiones del mundo. Y, ante
un discurso oficial, no puede haber objeción de conciencia. Oficial por la
cantidad de medios que, sin una crítica mínima y saludable, se pliegan a
categorías y discursos de un batiburrillo infumable y que huele a pensamiento
único y líquido.
Y ahí, los padres. Herederos,
hoy, de una tradición en la que su figura estaba muy desdibujada en lo afectivo
y muy ligada al orden y la tradición. Perplejos ante la cantidad de reflexiones
que se hacen sobre nosotros, sobre cómo ser hombre hoy, ser padre hoy, ser
esposo hoy, ser…
Y yo creo que ser padre no es una
cuestión biológica, es una opción. No es un experimento romántico, es una brega
que dura toda la vida. No es ser protagonista, es buscar la compañía
constructiva. No es un imponderable que nos sobreviene, es la apuesta más
generosa que hay. Ser padre es aprender a renunciar, a parecer un fantasma en
el horizonte de los hijos que amas. Ser padre es trabajar para alguien,
sostener a alguien, acompañar a alguien, cuando ese alguien es por quien darías
la vida sin un soplo de duda. Y no para una recompensa que, durante mucho
tiempo no viene…y puede no venir. Es un gesto que mira al futuro del que
acompaña y piensa poco en el suyo. Que prevé y quiere proteger desde la sombra
de la experiencia, y que se ofrece como una fragancia. En ocasiones aun cuando
huyan y recalquen la necesidad de golpear con la dirección contraria por el
solo hecho de ir a la contraria.
No nos tocó en suerte el vinculo
de la naturaleza, que entiende siempre a la madre como un nido seguro. La
paternidad es una conquista en una batalla a la que vas para perder. Porque así
lo decides. Y porque entiendes la necesidad de ser de los otros. Pero con la
certeza de que la protección no es enemiga del amor más generoso, ni niega la
madurez de los que deben andar solos. Que la compañía y la experiencia es lo
que nos ha enriquecido y hecho. No solos, no en una isla. La paternidad es la
gran apuesta por la vida compartida y los futuros hechos de lazos de
interdependencia, de cuidados solidarios, de un verter el saber para el bien de
los otros, y no como acúmulo egoísta y vanidoso. Es entender que mi experiencia
no se impone, sino que es una gran biblioteca vital que haría mal en despreciar
como lo sería tirar un buen libro al rincón del olvido.
Nos toca ser padres en un mundo
difícil que ha perdido las referencias y los pasos andados por otros. Vivimos
en una realidad marcada por el batiburrillo de aprendices de opiniones que
saben de nada. Sin espíritu crítico, creemos que todos los caminos son buenos
para transitar. Craso error. Hay precipicios que mejor no inaugurar. Peleamos a
brazo partido con la vida, la nuestra y la que se nos ha prestado, para que
abracemos sin amarrar. Frase preciosa que cuesta sangre y un aprendizaje de vida
intentar entender en lo cotidiano de las relaciones.
Enseñar a volar y mirar desde
lejos al que vuela, es un ejercicio de amor cuya simplicidad no existe. Brota
sangre. Sangre que acompaña.
Pedro Barranco ©2018
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domingo, 11 de marzo de 2018
¿Cuándo te vimos?
(Mt 25, 35-45)
Acostumbré a
volver la vista
cuando me
dolías,
era más fácil
olvidarte
imaginar que no
era
ni aflicción ni
sujeto,
que no estabas,
y ya.
Decir que son
otros
los
responsables,
los que deben,
hace mi vida
muelle
un lugar seguro
y me aleja
de ti.
Ni el estómago
hinchado,
y vacío,
ni la soledad de
la cárcel,
ni la desnudez
de tu carne,
ni tu huida,
ni tu dignidad
perdida
hicieron mella
en mi egoísmo
desmedido.
Y me dices que
eres tú,
que escondes tu
rostro
en esa miseria,
que la pregunta
final
será
si he amado.
¿Cuándo puedo
volver,
a qué mano debo
tender
como una
alfombra
mi alma
que llegue a tu
indigencia
y me deje lleno
de Ti?
No permitas más
que borre mi
conciencia
dedicando el
tiempo
a la sombra de
mi mismo
perdido entre
las hebras
de un
aislamiento
que busca solo
su propia,
inane, felicidad
jueves, 8 de marzo de 2018
Mirar de Dios
Me miras
como al cosmos
en una sorpresa constante,
como acontecen las galaxias.
Enamorado
asistes a la sangre
que se agolpa y galopa
en mi ser entero
y como surca la luz
el vacío de estrellas
me arrebatas con la vida
arrullando primaveras.
Me amas
cuando al corazón me miras
por encima
de desiertos y cicatrices,
que me pueblan como fantasmas.
Y más
cuando hago noches
retrocedo al vertedero
fabricado de desconfianzas.
Me llamas
para hacerme por dentro
barro delicado y quebradizo
para estar entero en Ti,
de quien fui amado
en un siempre de caricias
y plenitud.
Para ser en Ti.
“...y mirándolo, lo amó”
Me amas
miras mi interior,
y asombrado de mi mismo
bajo la mía
por si me conoces
y percibes la ruina de mi alma.
Me amas
y cuando miras
me rehaces y me encumbras,
reverdeciendo cada herida
En brotes restañados, agradecidos
que pujan
para amarte.
Me amas
cuando miras
tantos que vagan como sombras
y buscas su rescate.
Los tocas y rehaces y son
entonces quiero mirarlos
también
y amarlos.
Como Tú,
cuando los miras,
cuando me miras.
———————-
Como me amas,
con la misma intensidad
que recorre las formas el olvido
haciendo de mi corazón un erial,
así quiero desaparecer
en tu abrazo que me sana,
y el poder que me ciñe,
así quiero mirarte,
cosido a tus entrañas,
fascinado por el mundo nuevo
el Reino que aciertas a ver
en cada uno de nosotros.
miras mi interior,
y asombrado de mi mismo
bajo la mía
por si me conoces
y percibes la ruina de mi alma.
Me amas
y cuando miras
me rehaces y me encumbras,
reverdeciendo cada herida
En brotes restañados, agradecidos
que pujan
para amarte.
Me amas
cuando miras
tantos que vagan como sombras
y buscas su rescate.
Los tocas y rehaces y son
entonces quiero mirarlos
también
y amarlos.
Como Tú,
cuando los miras,
cuando me miras.
———————-
Como me amas,
con la misma intensidad
que recorre las formas el olvido
haciendo de mi corazón un erial,
así quiero desaparecer
en tu abrazo que me sana,
y el poder que me ciñe,
así quiero mirarte,
cosido a tus entrañas,
fascinado por el mundo nuevo
el Reino que aciertas a ver
en cada uno de nosotros.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Miércoles de ceniza

Miércoles de ceniza:
La conversión pendiente.
Cambia algo que sea motor de transformación en tu vida.
Vuélvete a tu Señor que te espera para llevarte a la plenitud, a la mejor versión de ti mismo.
Acércate a tus hermanos y reconoce sus heridas, acarícialas y sánalas.
Da de tu tiempo y de tu dinero a los más débiles.
Ánimo, sal fuera.
martes, 13 de febrero de 2018
La organización de la comunidad eclesial
-->
Ante los
retos que plantean los tiempos en los que la comunidad cristiana debe decirse y
decir el mensaje de Jesús, siempre se pueden plantear muy diversas
alternativas.
Y sucede que, en este hoy que
vivimos, la Iglesia puede responder o huir, renovarse o perecer, adaptarse o
encorsetarse, mirar a otro lado o afrontar la brega, ser timorata o valiente, acudir a las fuentes
primeras o anclarse en interpretaciones…se pueden hacer muchas cosas, pero lo
que es indudable es que somos portadores de un mensaje que el hombre y la mujer
de hoy deben entender para llegar a la
plenitud.
Hay un
miedo a perder la identidad, que pudiera entenderse como lógico en una medida
aceptable, porque se tiene que conservar la esencia del mensaje, del que no
somos más que meras vasijas. La imperecedera verdad que descubre Jesús para el
hombre, no puede mutarse para que no sea lo genuino y específico nuestro. Por
eso el evangelio, como palabra definitiva de Dios al hombre en Jesús, es
siempre el referente necesario, el filtro por el que debe leerse lo que se dice
y cómo se dice. El mismo San Pablo tiene lugar en la historia de la salvación
desde el Maestro de Nazaret. Lo que diga ha de ser en referencia al núcleo del
mensaje.
En la historia,
la Iglesia ha tenido que hacer el esfuerzo de encarnar, en la cultura de su
tiempo, este mensaje. Y no siempre ha acertado. Es más, en ocasiones las
decisiones de la Jerarquía eclesiástica, los documentos oficiales, o
determinadas acciones han ido justo en sentido contrario al evangelio. Las
Bienaventuranzas quedaron ocluidas por las riquezas, las prebendas, el poder y
otras corrupciones. Ha sido ya bien
entrado el siglo XX cuando, con valentía, el papa Juan Pablo II, y ahora
Francisco, han pedido perdón por los desmanes y los graves desaciertos
cometidos incluso en nombre de Dios o de la Iglesia. No es de extrañar, porque
esta historia no está realizada sobre alas de ángeles, sino con la misma carne
humana que se falible y se equivoca, que es portadora de luz y de tinieblas.
Por esto,
entre otras cosas, la Iglesia tiene necesidad de reformarse siempre. “Ecclesia
Semper reformanda”.
También en
nuestro tiempo, en esta hora que nos toca vivir.
Es muy
necesaria la reflexión sobre el cómo de la Iglesia. Sin hacer aspavientos, ni
rasgarse las vestiduras, hemos ido adaptándonos a las formas de hacer las
cosas, e inventando nuevas. Nuestro término diócesis es civil –tomado de las
divisiones territoriales del Imperio Romano- el término presbítero (anciano) no
era religioso necesariamente, o la palabra Obispo (inspector)…todos términos
reelaborados para diferenciarnos de la Religión judía y romana. Y andando el
tiempo los distintos modos de concebir la Iglesia han dado paso a nuevas
intuiciones.
Por eso no
entiendo la inercia anquilosante que se tiene a la hora de reestructurar los
ministerios, servicios y responsabilidades en la comunidad eclesial.
Desgraciadamente el funcionamiento y la dirección en la Iglesia, la riqueza de
los carismas y la corresponsabilidad laical en el gobierno y pensamiento de la
Iglesia han ido perdiendo vigor y fuerza. Los laicos son piezas de recambio,
ovejas obedientes, hijos inmaduros que deben acatar lo que dice el clero. Esa
misma división, que no pertenece en modo alguno al pensamiento primigenio de
Jesús, es una grave merma en la forma de entendernos como comunidad.
Entiéndase. No es que no haya de haber una estructura organizativa basada en
los fundamentos del evangelio y en las intuiciones de San Pablo, sino que ésta
debe poder adaptarse para que no ahogue el Espíritu que sopla en toda la
Iglesia. Vivimos una enfermedad del
cuerpo eclesial producida por el miedo, la incapacidad, la pereza, o vaya usted
a saber qué, yo la denomino hiperclericosis
anquilosante.
Porque ¿No
hay que repensar el papel ministerial de la mujer? Lo tuvo en los primeros
siglos, desapareció por los conceptos sociales imperantes, a pesar de que Jesús
las privilegió de forma rupturista con el judaísmo de su época.
¿No ha de repensarse el celibato
eclesiástico? No existió como tal en todo el presbiterio hasta pasados muchos
siglos ¿vale sólo lo instituido a partir de una época?
Había multiplicidad de carismas
instituidos, de servicios en la comunidad eclesial que no eran clericales, sino
ministerios dentro de la Iglesia, por causa de un concepto monárquico y
centralista se fueron haciendo sólo para los sacerdotes, cambió y se empobreció
en el tiempo ¿no ha de repensarse de cara a una corresponsabilidad madura y
consciente?
Recientemente
escuché que un cargo importante de una Diócesis espetaba a un laico
comprometido en el trabajo por los más desfavorecidos: “tu podrás ser una buena
persona pero ¿consagras? No. El que consagra es el que manda”. Pobre, pobrísimo
el servicio a la Iglesia quien entiende el Ministerio de esa manera. Pero así
andan las cosas. En algunos sitios de Europa, y quizás en otras latitudes, las
comunidades eclesiales se empobrecen, esperando la llegada de liberados, esto
es sacerdotes, que animen sus parroquias. Mientras tanto languidecen sin
acertar a darse cuenta que son ellas mismas las que deben dinamizarse.
Desgraciadamente, si la iniciativa laical es potente, suele venir un sacerdote
que ahoga el Espíritu, apaga el pabilo vacilante, cierra todas las iniciativas,
y se queda tan pancho. Al fin y al cabo es el que manda. Y tampoco se piden
responsabilidades.
Hay que
reactivar una toma de conciencia, estamos en un cambio de época-como bien decía
el Papa Francisco- y eso nos va a obligar a no ser timoratos, y repensar los modelos.
No nos va a ir bien si reculamos a los cuarteles de invierno, nos atrincheramos
en estructuras que nada dicen del evangelio al hombre de hoy, nos convertimos
en “puros” frente al “mundo perverso” olvidando la necesidad de contaminarnos
en la brega del anuncio y no tratamos, con honestidad, de ir a los caminos
donde se encuentran las criaturas a las que hay que decirles hoy la Buena
Noticia.
Pedro Barranco ©2018
sábado, 23 de diciembre de 2017
Navidad
Todas las Navidades son una propuesta de cambio. Lo
digo no por el año nuevo, en el que siempre nos proponemos objetivos, planes y
acciones. Me refiero al mismo centro de la fiesta.
Hemos querido olvidar, en algunos ambientes y con
mucha determinación, cuál es el acontecimiento que reverdece cada invierno. Y
no es precisamente el planetario -del solsticio de invierno y que, dicho sea de
paso, a nadie interesaría como no lo son otros cambios lunares o terrestres-,
el que convoca tantos buenos deseos y tanta compañía buscada.
La navidad es el invento cristiano por antonomasia.
Es bien cierto que se superpone a otras fiestas que existían en el calendario
romano. Y puede que incluso anteriores al mismo. Pero la fecha es pura
anécdota. Cuando Constantino sitúa el nacimiento de Jesús ahí, busca un momento
para celebrar un acontecimiento. Y lo realmente importante es este
acontecimiento. La originalidad de la visión, desde el cristianismo, de cómo es
el hombre, cómo es Dios y cómo son las relaciones entre estos.
Dios ha mudado. Y esto ya es extraño. Sale de su
eternidad para hacerse en el tiempo. Quiere participar de la misma limitación
con que bullimos aquí. No quiere permanecer extraño. Rareza, donde podamos
encontrarla, de un Dios pequeño que busca la compañía. Para más inri, pide
permiso. El que ha creado, se dirige a una adolescente para, en el colmo de la
indigencia, entrar en el ámbito de lo temporal y finito.
Tampoco escoge grandezas, tronos o trompetas. En la
noche de un día cualquiera, en un rincón del mundo, entre los vahídos de las
bestias, sin más querencia que sus padres, abre de nuevo el cielo para que
caiga a raudales el cariño de un Dios que no se aparta de sus criaturas.
Si me permiten, pienso que desde la Navidad, ya
nada puede decirse de la misma manera acerca de Dios. Es una intimidad con el
hombre que le devuelve su más estricta esencia. Dios se hace nosotros quiere
decir que ya no hay barreras de acceso, que podemos asaltar el infinito por el
puro don de un amor sin preámbulos. Que sea con nosotros hace la creación
cielo, las líneas que podrían suspender las diferencias se han borrado de
golpe. Puro don, pura gracia, pura gloria.
Por esto es cambio. Y aún así, no acaba ahí.
De las relaciones humanas también habla la Navidad.
Es el gozo de la donación sin más. ¡Cuánto de beneficio hay en que seamos
capaces de poner donde otros no lo hacen! Un egoísmo desmedido es fácilmente
visible. El más sutil es aquel que cree que hace cuando esconde su mirada
tacaña sobre todo lo que me falta. Ese egoísmo pequeño burgués que disculpa el
bostezo y el sillón, que no dice “voy yo”, y que deja de hacer las cosas con el
alegato roñoso de hacerlo más tarde. Ese egoísmo que pide y no da, que se duele
de su daño y no repara en heridas, que hace dietas para no perder peso
trabajando por los demás. Claro que sin hacer ruido, huyendo del escándalo que
supone que la generosidad no haya puesto, que no lo haya hecho y se quede sin
poner y sin hacer. Ese niño pequeño nos recuerda el beneficio que se ofrece
cuando muchos no pusieron, no quisieron hacer un hueco. Nadie reparó en el Dios
pequeño que pedía permiso para poner Él donde el hombre no ponía. Y en el
hondón de una noche ahíta de frio.
¡Claro que es cambio la Navidad! Y es lo que pide
desde sus entrañas a cada persona que se acerca al misterio del hombre y de
Dios. Quizás por eso suscita tanta ternura, porque nos ayuda a mirarnos con
toda la grandeza regalada de quien emprende un camino señalado para llevarnos
al límite. Dios se rebaja, se dona, se inclina para impulsarnos a la totalidad.
Te recuerda que en el gesto sencillo de dar, se puede elevar a toda la
humanidad a las puertas de su inmensa riqueza.
Ese movimiento envolvente del amor que trastoca
todo, hace de ti y de mí seres con alas para volar sobre nuestra limitación,
preparados para poner antes de que se pida, para morir de pura generosidad. Sin
brillos, sin fama, sin honores.
En el silencio de una noche.
Pedro
Barranco©2017
domingo, 25 de septiembre de 2016
Magia engañosa
Aún a fuerza de parecer un poco antipático, y sabiendo que puedo ser políticamente incorrecto, quiero poner por escrito, para decírmelo a mí mismo, el hartazgo que supone el vacío de frases grandilocuentes que quieren expresar una sabiduría sublime, pero que no es más que una sarta de lugares comunes sin ningún soporte real.
Me las han dicho y, tal vez las he dicho. Llenan los muros de Internet y las redes sociales, están considerados "consejas de vieja", sabiduría popular, aprendizaje vital...pero yo creo que son una forma de llenar vacíos con palabras.
Ahí van los susodichos:
-- "La vida le enseñará": Como si no vieramos que hay personas que no son sabias, que no aprenden con el tiempo. Es como si el saber se colara por ósmosis entre los pliegues del cerebro. Sin querer, sin padecer, sin un acto de reflexión. No, la vida no enseña a quien no quiere aprender; a quien piensa que está en la cima de la inteligencia; a quien cree que, por ser el, ya está en posesión de la verdad. Me hacen temblar los que opinan de todo con una certeza inconmobible. Me asustan los que no preguntan, los que no se preguntan. Llegados a una edad provecta podemos ser viejos amargados o sabios ancianos. La diferencia será que, quien ha aprendido, usaba el discernimiento para sacar conclusiones encamindas al buen vivir. Los jóvenes, lanzados a la vida, creen que no deben ir pertrechados con la sabiduría de quien pasó por alli antes, como si fuera despreciable el aprendizaje de otros. Esto me lleva a la siguiente:
--"Nadie escarmienta por cabeza ajena". Ahí es nada. Lo que más nos distingue como seres inteligentes: aprender de los errores, los de otros también, y no repetir las torpezas. ¿Se imaginan un general de batalla que no aprendiera del buen hacer de otras guerras?¿No se ha avanzado por la experiencia de otros? Es como una sutil desconfianza de las certezas de otros por sus apuestas vitales. Siglos de sabiduría tirados a la calle del olvido porque lo que han pasado otros, por lo que han pasado otros, no me sirve. Esta sociedad cocina inmediatez para un ciudadano que está perdido entre mil conjeturas. Pero la opinión de los sabios, los que ha traspasado el umbral de la ignorancia a fuerza de escrutar la vida, no vale. Cada uno que aprenda por sí solo.
-- "Aprenderás a ser padre". Sé que es cruel, pero no es así. Amar no es un signo inscrito en el código genético. Es mucho más. Hay padres que abandonan a sus hijos, los pierden, los muelen a palos, los prostituyen. Amar es un ejercicio costoso. No hay siempre una banda sonora en los actos de generosidad que nos trabajamos, a veces es un silencio plúmbeo, una desconsideración. Hay padres que no aman, que no quieren amar. La paternidad, la maternidad, se va practicando contra viento y marea, más aún en la incomprensión de los hijos. Amar compromete tu libertad, tu tiempo, tu equilibrio. Porque amar es salir de sí. Y no siempre se agradece el espacio que dejas para que los otros quepan. Hay quien quiere que sus hijos sean una prolongación de sus carencias, pero otros salen al paso de las necesidades más perentorias de su prole y van parcelando su vida, minorando, muriendo a sí, para que vayan creciendo ellos. Esos héroes anónimos y gratuitos sí tienen un amor auténtico. Pero es el fruto de la convicción y el trabajo para cuidar y acompañar.
-- "El tiempo lo pone todo en su sitio." Esta sí que es buena. Los grandes desmanes cometidos, las heridas sufridas, las muertes, las mentiras que trinfan, las injusticias...parece que no cuentan. Como si la historia fuera una fuerza inexorable, e inteligente, que recompusiera un puzzle que hemos deshecho nosotros. No importa si sufres, si estas en paro, si te han matado a alguien, si has sido protagonista de una injusticia...la vida se encargará de colocarlo todo correctamente. Falso. Persiste el mal, desbarata, entorpece, aniquila. Vemos pasar la vida, la nuestra y la de otros, pensando que el tiempo, de forma mágica, lo restituirá todo. Como si la fuerza de voluntad, de la que estamos dotados, fuera una torpeza añadida a nuestra naturaleza. Hay que forzar, muchas veces, la historia. Hay que trabajar duro para que se restablezca el bien, y la justicia. Lo único seguro del tiempo, es que pasa. Y estamos cosidos, junto con nuestra libertad y nuestra voluntad, a el. Para dominar la historia, la nuestra y la general.
Ahí van algunas. Pero habrá más. Amenazo.
viernes, 2 de septiembre de 2016
Iglesia, ¿qué dices de ti misma?
En
el último Encuentro de reflexión sobre la vida comunitaria, que tuvo lugar en
Tierra Esperanza, Miguel Tombilla, Claretiano nos indicó que en los comienzos
del gran movimiento comunitario que se dio en Francia, había un trasfondo teológico
que determinaba cómo debía ser la presencia de los cristianos en la sociedad.
En la laica Francia, los distintos grupos cristianos podían dividirse en dos
grandes vertientes: la Iglesia militante y la vergonzante. La militante afirmaba
su fe con signos externos, con la intención de visibilizarse y decir que estaba
en medio de la sociedad para transformarla. La vergonzante, en cambio,
pretendía pasar desapercibida, como fermento en la masa, en el anonimato y,
desde esa posición construir una realidad que se pareciera al modelo de Jesús.
Años
antes, en el Concilio Vaticano II se dieron también posiciones parecidas. Esa
pregunta que lanza Pablo VI para invitar a una seria reflexión sobre la
identidad y misión del Iglesia permanece lacerante en el tiempo, más aún en
nuestro tiempo.
A
nadie se le oculta la tensión pastoral que ha impreso el Papa Francisco a la
Iglesia, y que ha suscitado las respuestas más diversas. Los movimientos que
tienen miedo y no saben cómo responder sin una propuesta beligerante a una
sociedad que ha perdido los valores cristianos; o aquellos que quieren ser
fermento en la masa, pero sin condenar todo
lo que se hace, sino más bien haciendo crecer los que de Dios y evangelio, como
el “Verbo seminal” del que hablaba San Ignacio, hay en toda época.
Hay
un reverdecer en la Iglesia, una primavera que no responde de manera inmediata en
el tiempo a un postconcilio, pero que bebe de aquella inquietud que movió a
gran parte los padres conciliares a renovar la Iglesia.
¿Qué Iglesia?¿Cómo la Iglesia?
En
un tiempo de incertidumbres, con una inversión brutal de grupos de presión que dibujan un
modelo determinado de persona; con avances tecnológicos inimaginados en otros
tiempos, con una globalización que nos hace vecinos; con un enorme flujo
migratorio fruto - entre otros - de
la desigualdad lacerante de riquezas y derechos; con multitud de guerras y
conflictos que parecen a la población retazos de un videojuego; con una tumba
en el mar para una Europa miedosa; con una tierra herida por nuestro escaso
interés por una economía sostenible; con un mundo de soledades en el norte
desarrollado, y de hambre de muerte en el sur por salir de su situación de
dependencia... ¿Qué iglesia, y cómo la Iglesia?
Pareciera
que no podemos hacer nada. ¡Tan grande es el mundo y sus problemas!
Nosotros,
como seguidores de Jesús, nos hemos preguntado por esto. Y hemos respondido.
Por eso, la comunidad Tierra Esperanza quiere ser una respuesta humilde y
sencilla desde nuestra debilidad, y que ha querido ( y quiere ) recrear el
momento de Galilea de Jesús.
Galilea, el mundo donde crece y vive,
donde se educa y percibe las cosas. Galilea, su identidad más profunda. Y allí
Jesus, un profeta de Galilea, un nadie entre los nadies. Rodeado de un grupo de
rústicos hombres de la pesca, de pecadorcillos y traidores, de mujeres que no
cuentan, de gentes sin apellidos ni posición. Anónimos enfrente de un Imperio
todopoderoso, de una religión judía alienante, en una esquina del mundo.
Así también nosotros. Hemos optado por
vivir, en una apuesta por volver a las raíces, en medio del mundo, dándonos
gratuitamente a los que vengan. No hay héroes entre nosotros, no hay personajes
con nombres grandes, no hay brillo. Sabemos de nuestras carencias y defectos,
pero también que el Espíritu reposa en medio de su pueblo más cuando es
comunidad, cuando convergemos justos, cuando unimos nuestras miserias por el sueño
del galileo.
Por eso el mejor modelo es el de
servicio. Queremos ofrecer el evangelio como dice el Profeta y obispo Pedro
Casaldaliga:
“No tener nada.
No llevar nada.
No poder nada.
No pedir nada.
Y, de pasada,
no matar nada;
no callar nada.
Solamente el Evangelio, como una faca
afilada.
Y el llanto y la risa en la mirada.
Y la mano extendida y apretada.
Y la vida, a caballo, dada.
Y este sol y estos ríos y esta tierra
comprada,
por testigos de la Revolución ya
estallada.
¡Y “mais nada”!”
Un
modelo de sencillez y servicio, una iglesia abierta y acogedora, que abrace y
acompañe, que no busca la sanción ni la exclusión, que vive para la justicia y
busca la paz, donde no se dan privilegios ni rangos, con el pueblo caminando unido y con diversos
carísimas, en diálogo con la sociedad y la cultura y no atrincherada en lo que
sirvió hace siglos. Una iglesia que inventa constantemente formas de
acercamiento y caricia, de sanación y liberación.
Vemos,
con tristeza, que hay un miedo – humano,
y demasiado mundano- que añora una seguridad que no es evangélica.
Criaturas enfundadas en trajes que las aíslan del mundo y del roce con los
suyos, enarbolando privilegios y verdades que no buscan discernir el momento
que vivimos y quienes lo viven; dirigentes que condenan a troche y moche, que
excluyen, que matan la ilusión y apagan el pabilo vacilante. Pero también
gentes que se esfuerzan por acompañar a todos, sin exclusión; que gritan las
injusticias y comprenden las debilidades; que bucean en lo nuevo de Dios en
todos los tiempos; hombres y mujeres, consagrados o laicos, que añoran una
Iglesia “tienda de campaña”, con misericordia repartida en las heridas, con la
horizontalidad de los hermanos, con la capacidad de pedir perdón; Sabemos, y
nos consta, que el gran tejido de la Iglesia, no son los discursos, ni los
títulos, ni los papeles, sino la vida puesta como tierra de acogida, como lugar
de encuentro, como casa de familia, como aventura compartida.
En
Tierra Esperanza, queremos hacer realidad lo que intuimos que Dios nos va
pidiendo: vivir el evangelio sin más, encontrarnos hermanos, buscar el reino de
Dios y su justicia, compartir con sencillez, alentar nuevas realidades
comunitarias, caminar entre las penumbras de lo cotidiano poniendo empeño e
ilusión.
Nadie
piense que es ya una realidad. Nuestra miseria camina al lado de nuestro sueño.
Hemos errado mucho. Y lo que nos queda. Quizás nuestra única certeza es la de
saber la constancia de nuestro Señor a nuestro lado, y querer corresponder a
ese amor tan grande. Pero también reconocemos los signos de los que quieren
saborear ese evangelio nuevo para una sociedad nueva. Una Iglesia nueva, sí.
Ahora más que nunca. Ahora, como en cada momento de la historia.
Comunidad Tierra Esperanza
jueves, 5 de junio de 2014
Léeme la vida
-->
Estamos en un mundo de palabras.
Vuelan rápido y apenas pueden llegar a posarse en los oídos, dan paso a otra
riada. Las más de las veces no son más que ruido encadenado. Oquedades donde se
abisma un huevo huero. Vomitadas en todos los sitios con rapidez, repetitivas,
grandilocuentes.
La palabra ha pasado a valer a ser nada, o poco. Antaño se firmaban
los pactos con un apretón de manos. Hoy se firman palabras, papeles…que valen
para esconder engaños y artimañas, destinadas a decir que suman poco.
Palabras de amor que huelen a
conquista, de sinceridad que saben a venganza, de promesas que resuenan en
ensoñaciones, de cambios políticos que quieren ganar tu bolsillo, de anuncios
de felicidad que distraen lo que eres. Palabras dichas en grupo para justificar
mi soledad, preparadas para herir, murmuradas para deshacer. Palabras que
esconden un conejo en la chistera, que burlan su significado, que son
bambalinas ocultando la verdad. Muchas palabras se pronuncian desde una casa
deshabitada, ausente de ilusiones. Otras escurren hastío, o son veneno de
escorpiones.
No está ausente la Iglesia de
este tumulto que no tiene rumbo. Muchos cristianos habitan ese mundo verbal
vacío. Esto es: dicen y no hacen. O hablan, pronuncian discursos, palabras
llenas de melodías, mimetizan su lenguaje para domarlo y oscurecerlo, y al
final parecerse a un hueco inane. Se reúnen, plantean, proyectan…para dar
cocción a una sopa de letras.
Y la humanidad lo sabe. Sabemos
que somos capaces de hipnotizarnos con ellas, hasta el punto de no reaccionar
con un frente de coherencia.
Quizás, y por eso, sea necesario
recapitular para que la lectura que se tenga que hacer proyecte claridad de
evangelio, transparencia de seguimiento, ilusión pertinaz.
Creo que debemos volver sobre nuestros
pasos. Quiero decir, que puede que haya que ir a otros lugares de anuncio y
lectura. Por eso…
…Léeme la vida
Hoy hay cristianos que anuncian
el plan de igualdad del evangelio, y son perseguidos y violentados por mandar a
la escuela a sus hijas en países de regímenes totalitarios. Otros, en el mundo
civilizado, esconden su identidad, por miedo a que digan de ellos lo que son y,
en ambientes universitarios, tienen miedo a ser descaradamente cristianos.
Hermanos nuestros gastan su vida,
y su tiempo, cuidando de los grandes olvidados de este sistema económico:
acompañan enfermos, asisten a ancianos, curan, escuchan, dan la mano a quien
necesita compañía, acarician las heridas del cuerpo y del alma…En cambio otros,
para justificar su calidad de vida, invierten en un derroche de fiestas,
saraos, y aventuras de tiempo libre, y pasan muchas horas agarrados a un vaso
de botellón o de fiesta, o romería… porque es necesario divertirse.
Los hay que donaron su vida como
un lugar abierto donde pudieran reposar hombres y mujeres, dando cada día una
porción de sí mismos para que se despierten las conciencias y cambie el mundo.
Otros justifican el estar en el mismo sitio, y parapetan su cobardía vital
asesinando las ilusiones con conflictos pueriles. Que cambien y caminen los
otros, parecen pensar, que yo me quedo en mi silla mirando cómo tropiezas.
Cristianos en lugares de guerra
abierta, ahuyentando la muerte con sus vidas. Seguidores de Jesús, achacosos de
años, pronunciando palabras de alegría y evangelio, en catequesis donde los
niños del primer mundo no tienen necesidad más que de regalos y trajes…y sin
embargo ellos, sosteniendo con sus limitaciones las columnas de sus Parroquias.
Otros guardando su saber para engalanar su biblioteca, atesorando tiempo para
derrocharlo a manos llenas, varando ballenas en sus playas estériles.
Simuladores que hacen de camaleones para no mancharse con el mensaje de Jesús.
Podríamos seguir poniendo
ejemplos de quienes sólo dicen y de quienes sólo hacen. Puedes ponerlos tú, si
quieres.
Sin embargo, hay que aprender a
hablar con la vida. Hay que aprender a leer la vida de los otros.
Un día de Pentecostés, los
Discípulos del Maestro escucharon una palabra dicha a su alma herida de miedos.
Y sus vidas se tornaron claridad diáfana. Escribieron con sus vidas páginas de
grandeza. Fueron fieles. Cambiaron de arriba abajo. No tuvieron la sensación de
engañarse liados en la ruina de mensajes viejos. Fueron. Y este ser, este
afirmar lo que creían con la sangre de su verdad dicha en jirones de vida, les
hizo merecer la Vida.
Pentecostés anuncia un mensaje
que debe decirse con escritura de hechos, con realidad vital, con ilusión
cotejada de actos que vayan conformándonos de manera distinta. Somos lo que
hacemos, y lo que decimos debe manar de la fuente de nuestra coherencia. Si no
es así, que tus palabras busquen ser más, retarte más, ponerte el horizonte más
alto, pero a ti.
No necesitamos más que tiempo y
lugares donde desplegar la imaginación y las fuerzas que nacen del Espíritu. No
hay más que cambiar. Si no, nos liaremos en palabras, justificaciones, verbo
fácil y engañador. Pentecostés significa decir la vida que llevamos, como un
tesoro regalado, y deshacerse por los otros. Desbordar toda posibilidad de
muerte y miedo, con la alegría del Resucitado que trae vida, dinamismo,
crecimiento, transformación, potencialidad, vitalidad, esperanzas. Jesús,
Palabra y Verbo, no guardo para sí
más que un vacío después de haberse donado de forma total. Fue Palabra
porque no engañó, porque fue lo que dijo. Pentecostés es su regalo de silencio.
Calló, para que nosotros habláramos con el verbo de nuestra fidelidad y nuestra
vida.
Que nos puedan leer la vida.
Pedro BarrancoÓ2014
martes, 10 de diciembre de 2013
Recuperar la ternura
Me he encontrado con uno de esos textos que merece la pena leer. Y máxime de la pluma de quien sale. Me refiero al “Evangelium Gaudii” (La alegría del evangelio) del Papa Francisco. Reconfortante, esperanzador, ilusionante. Te invito a leerlo. A mí me ha suscitado muchísimas simpatías. Y después de su lectura, me han surgido algunas reflexiones entorno a una palabra que sale frecuentemente: la ternura.
Vivimos la posibilidad de encontrarnos, siempre, en un proceso de transformación personal. Cada momento de nuestra vida es la posibilidad de encontrarnos con Aquel que nos ha amado primero. Podemos no ser conscientes, estar distraídos, renegar, estar confundidos, perezosos, desmotivados…no importa cómo se halle nuestro interior porque hay alguien esperando más allá de la montaña que nos oculta su rostro. Hoy es ese momento de gracia, que te permite mirar y sentirte mirado…con ternura.
Y es que la ternura es un movimiento que nos hace salir de nosotros mismos para volcarnos en la preocupación por el otro. Se entiende, de forma errónea, que la ternura es propia de personas blandas, de mujeres, o de gente aniñada. Pero la ternura comporta dos movimientos que nos pueden hacer crecer en el dinamismo de autoafirmación y de interdependencia. La ternura necesita del “darse cuenta” de los que nos rodean. Nos hace huir de la preocupación enfermiza que podemos tener sobre nosotros mismos, o de la independencia autónoma que nos aísla del resto del mundo. La ternura invita a la caricia, a sentir que no estamos aislados, solos, sino que formamos una red de relaciones y cuidados, de preocupaciones conjuntas y simetrías, como un castillo de naipes sustentado en nuestra debilidad y en la necesidad de los otros para sostenerme.
Hay quien piensa que la ternura se da de forma natural. Que es algo que, simplemente, sale. Y puede que haya una componente sentimental que sea realmente así. Pero, como todas las grandes potencias del hombre y de la mujer, necesita un cuidado, un trabajo, un mimo para poderse acrecentar. Incluso para poder vivir. Porque puede suceder que nos hagamos agrios e insensibles, parapetados en nuestros miedos y amarguras, cerrando la posibilidad de que fluya desde dentro de nosotros, esa corriente de amor que es lo más genuino y específico que tenemos. Puede que, si no entrenamos el músculo del corazón terminemos viviendo como zombis, muertos en vida, que no saben reconocer el latido, las grandezas y las necesidades del otro. La ternura, si no se practica, huele a flores muertas, ese extraño olor dulzón que molesta más que embriaga.
La potestad de la ternura es la vida. Y la expresión humilde de ese acercamiento, que reconoce la necesidad y la dependencia sana que nos urge para poder desarrollarnos. Nadie hay avezado en estas lides, todos somos aprendices. La ternura es el descubrimiento y la mirada sensata, la sorpresa y el acercamiento, la caricia y el cuidado, la ocupación hacia ti y la apertura para que recorras el camino de mi interior. La ternura requiere esfuerzo y sensibilidad, cordialidad y respeto, mima a quien la da y hace crecer a quien la recibe. La ternura se cuida de las necesidades del otro, acaricia sus llagas, llora las lagrimas con el otros, sonríe su vida, sostiene y quita el hambre. Puede que, lacerados por la cantidad de reveses de la vida, o incluso de las personas, podamos llegar a pensar que no somos merecedores de ternura. Nos convertimos en mendigos desesperanzados pensando que nadie socorrerá nuestra indigencia. Extendemos las manos con un gesto automático, pero desprovistos de toda certidumbre. Creemos que no nos tocarán, que no nos reconocerán, que no se cerrarán nuestras heridas de guerra. No creemos que, sobre nosotros, pueda caer el bálsamo del perdón…sin embargo:
“Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar « setenta veces siete » (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!”(EG, Papa Francisco)
Hay también un aspecto dinámico, conjunto y social de la ternura. Y es que la justicia y la solidaridad son la ternura de los pueblos, porque hay quien cree que sólo estamos tu y yo. Sin embargo hay una infinidad de criaturas, un piélago de almas que deambulan, como tu y como yo, por esta tierra. Gentes a quien la vida les ha herido, el hambre les ha cercenado las esperanzas, las injusticias les han agotado las fuerzas, o el dolor les ha amargado la dicha. Y, juntos, podemos construir una ternura que va mucho más allá del contacto físico, auque también lo precise. Porque en el sostenernos y aliviar nuestra penurias se nos van las caricias y los esfuerzos. Aquí, acariciar, es trabajar para desaparezcan esas formas de aislamiento y destrucción que hacen del mundo un lugar demasiado inhóspito para muchos.
Vuelve a decirnos Papa Francisco, esta vez refiriéndose a María:
“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque « derribó de su trono a los poderosos » y « despidió vacíos a los ricos » (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia.” “Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás « sin demora » (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización.” (EG, Papa Francisco)
Pero la ternura no es sólo un sentimiento y una actividad humana. Reconocemos de Dios, y en Jesús, esa fortuna de sentirnos mirados, comprendidos, acompañados, sostenidos. Recuperar la ternura del Dios encarnado. Habilitar espacios donde poder saborear esta entrañable especie de identidad con Él, que nos donó desde la creación.
“Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.” “Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida.” “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: « Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor » (Lm 3,17.21-23.26).”(EG)
Por último decir que hemos de aprender a acoger con ternura en nuestras comunidades cristianas. Hemos de recrear esos espacios donde las criaturas que vienen cansadas, agobiadas, aquellas cuyos problemas y dificultades les abruma la vida, las personas rotas y sin recursos, todos esos y muchos más deben encontrar lugares, y grupos donde descansar. Nuestras Parroquias, nuestras comunidades han sido sitios frecuentados por los mismos, los de siempre, aquellos que encontraron en su tiempo una respuesta a su situación. Pero hay aún muchísimas personas alejadas, desconcertadas, recelosas…que necesitan de ese sitio. Hemos ir al encuentro de los más desfavorecidos. Y no sólo aquellos que tienen dificultades económicas, que ya es duro de por sí. Sino también de todos los que tienen cicatrices en el alma. Deben encontrarnos provistos y disponibles. Nuestras comunidades deben proveerse de arrobas de ternura, de kilos de cordialidad, de toneladas sonrisas y paciencia, pero también de muchos billetes hacia el exterior. Hay que salir, como dice el Papa, a los extrarradios, a las cunetas, donde nos encontraremos los que sufren. En definitiva, una Iglesia-Parroquia en misión, con un enorme corazón de misericordia y ternura.
Pedro Barranco.©2013
Vivimos la posibilidad de encontrarnos, siempre, en un proceso de transformación personal. Cada momento de nuestra vida es la posibilidad de encontrarnos con Aquel que nos ha amado primero. Podemos no ser conscientes, estar distraídos, renegar, estar confundidos, perezosos, desmotivados…no importa cómo se halle nuestro interior porque hay alguien esperando más allá de la montaña que nos oculta su rostro. Hoy es ese momento de gracia, que te permite mirar y sentirte mirado…con ternura.
Y es que la ternura es un movimiento que nos hace salir de nosotros mismos para volcarnos en la preocupación por el otro. Se entiende, de forma errónea, que la ternura es propia de personas blandas, de mujeres, o de gente aniñada. Pero la ternura comporta dos movimientos que nos pueden hacer crecer en el dinamismo de autoafirmación y de interdependencia. La ternura necesita del “darse cuenta” de los que nos rodean. Nos hace huir de la preocupación enfermiza que podemos tener sobre nosotros mismos, o de la independencia autónoma que nos aísla del resto del mundo. La ternura invita a la caricia, a sentir que no estamos aislados, solos, sino que formamos una red de relaciones y cuidados, de preocupaciones conjuntas y simetrías, como un castillo de naipes sustentado en nuestra debilidad y en la necesidad de los otros para sostenerme.
Hay quien piensa que la ternura se da de forma natural. Que es algo que, simplemente, sale. Y puede que haya una componente sentimental que sea realmente así. Pero, como todas las grandes potencias del hombre y de la mujer, necesita un cuidado, un trabajo, un mimo para poderse acrecentar. Incluso para poder vivir. Porque puede suceder que nos hagamos agrios e insensibles, parapetados en nuestros miedos y amarguras, cerrando la posibilidad de que fluya desde dentro de nosotros, esa corriente de amor que es lo más genuino y específico que tenemos. Puede que, si no entrenamos el músculo del corazón terminemos viviendo como zombis, muertos en vida, que no saben reconocer el latido, las grandezas y las necesidades del otro. La ternura, si no se practica, huele a flores muertas, ese extraño olor dulzón que molesta más que embriaga.
La potestad de la ternura es la vida. Y la expresión humilde de ese acercamiento, que reconoce la necesidad y la dependencia sana que nos urge para poder desarrollarnos. Nadie hay avezado en estas lides, todos somos aprendices. La ternura es el descubrimiento y la mirada sensata, la sorpresa y el acercamiento, la caricia y el cuidado, la ocupación hacia ti y la apertura para que recorras el camino de mi interior. La ternura requiere esfuerzo y sensibilidad, cordialidad y respeto, mima a quien la da y hace crecer a quien la recibe. La ternura se cuida de las necesidades del otro, acaricia sus llagas, llora las lagrimas con el otros, sonríe su vida, sostiene y quita el hambre. Puede que, lacerados por la cantidad de reveses de la vida, o incluso de las personas, podamos llegar a pensar que no somos merecedores de ternura. Nos convertimos en mendigos desesperanzados pensando que nadie socorrerá nuestra indigencia. Extendemos las manos con un gesto automático, pero desprovistos de toda certidumbre. Creemos que no nos tocarán, que no nos reconocerán, que no se cerrarán nuestras heridas de guerra. No creemos que, sobre nosotros, pueda caer el bálsamo del perdón…sin embargo:
“Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar « setenta veces siete » (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!”(EG, Papa Francisco)
Hay también un aspecto dinámico, conjunto y social de la ternura. Y es que la justicia y la solidaridad son la ternura de los pueblos, porque hay quien cree que sólo estamos tu y yo. Sin embargo hay una infinidad de criaturas, un piélago de almas que deambulan, como tu y como yo, por esta tierra. Gentes a quien la vida les ha herido, el hambre les ha cercenado las esperanzas, las injusticias les han agotado las fuerzas, o el dolor les ha amargado la dicha. Y, juntos, podemos construir una ternura que va mucho más allá del contacto físico, auque también lo precise. Porque en el sostenernos y aliviar nuestra penurias se nos van las caricias y los esfuerzos. Aquí, acariciar, es trabajar para desaparezcan esas formas de aislamiento y destrucción que hacen del mundo un lugar demasiado inhóspito para muchos.
Vuelve a decirnos Papa Francisco, esta vez refiriéndose a María:
“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque « derribó de su trono a los poderosos » y « despidió vacíos a los ricos » (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia.” “Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás « sin demora » (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización.” (EG, Papa Francisco)
Pero la ternura no es sólo un sentimiento y una actividad humana. Reconocemos de Dios, y en Jesús, esa fortuna de sentirnos mirados, comprendidos, acompañados, sostenidos. Recuperar la ternura del Dios encarnado. Habilitar espacios donde poder saborear esta entrañable especie de identidad con Él, que nos donó desde la creación.
“Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.” “Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida.” “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: « Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor » (Lm 3,17.21-23.26).”(EG)
Por último decir que hemos de aprender a acoger con ternura en nuestras comunidades cristianas. Hemos de recrear esos espacios donde las criaturas que vienen cansadas, agobiadas, aquellas cuyos problemas y dificultades les abruma la vida, las personas rotas y sin recursos, todos esos y muchos más deben encontrar lugares, y grupos donde descansar. Nuestras Parroquias, nuestras comunidades han sido sitios frecuentados por los mismos, los de siempre, aquellos que encontraron en su tiempo una respuesta a su situación. Pero hay aún muchísimas personas alejadas, desconcertadas, recelosas…que necesitan de ese sitio. Hemos ir al encuentro de los más desfavorecidos. Y no sólo aquellos que tienen dificultades económicas, que ya es duro de por sí. Sino también de todos los que tienen cicatrices en el alma. Deben encontrarnos provistos y disponibles. Nuestras comunidades deben proveerse de arrobas de ternura, de kilos de cordialidad, de toneladas sonrisas y paciencia, pero también de muchos billetes hacia el exterior. Hay que salir, como dice el Papa, a los extrarradios, a las cunetas, donde nos encontraremos los que sufren. En definitiva, una Iglesia-Parroquia en misión, con un enorme corazón de misericordia y ternura.
Pedro Barranco.©2013
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