jueves, 5 de junio de 2014

Léeme la vida


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Estamos en un mundo de palabras. Vuelan rápido y apenas pueden llegar a posarse en los oídos, dan paso a otra riada. Las más de las veces no son más que ruido encadenado. Oquedades donde se abisma un huevo huero. Vomitadas en todos los sitios con rapidez, repetitivas, grandilocuentes.
La palabra ha pasado a valer  a ser nada, o poco. Antaño se firmaban los pactos con un apretón de manos. Hoy se firman palabras, papeles…que valen para esconder engaños y artimañas, destinadas a decir que suman poco.
Palabras de amor que huelen a conquista, de sinceridad que saben a venganza, de promesas que resuenan en ensoñaciones, de cambios políticos que quieren ganar tu bolsillo, de anuncios de felicidad que distraen lo que eres. Palabras dichas en grupo para justificar mi soledad, preparadas para herir, murmuradas para deshacer. Palabras que esconden un conejo en la chistera, que burlan su significado, que son bambalinas ocultando la verdad. Muchas palabras se pronuncian desde una casa deshabitada, ausente de ilusiones. Otras escurren hastío, o son veneno de escorpiones.
No está ausente la Iglesia de este tumulto que no tiene rumbo. Muchos cristianos habitan ese mundo verbal vacío. Esto es: dicen y no hacen. O hablan, pronuncian discursos, palabras llenas de melodías, mimetizan su lenguaje para domarlo y oscurecerlo, y al final parecerse a un hueco inane. Se reúnen, plantean, proyectan…para dar cocción a una sopa de letras.
Y la humanidad lo sabe. Sabemos que somos capaces de hipnotizarnos con ellas, hasta el punto de no reaccionar con un frente de coherencia.
Quizás, y por eso, sea necesario recapitular para que la lectura que se tenga que hacer proyecte claridad de evangelio, transparencia de seguimiento, ilusión pertinaz.
Creo que debemos volver sobre nuestros pasos. Quiero decir, que puede que haya que ir a otros lugares de anuncio y lectura. Por eso…
…Léeme la vida
Hoy hay cristianos que anuncian el plan de igualdad del evangelio, y son perseguidos y violentados por mandar a la escuela a sus hijas en países de regímenes totalitarios. Otros, en el mundo civilizado, esconden su identidad, por miedo a que digan de ellos lo que son y, en ambientes universitarios, tienen miedo a ser descaradamente cristianos.
Hermanos nuestros gastan su vida, y su tiempo, cuidando de los grandes olvidados de este sistema económico: acompañan enfermos, asisten a ancianos, curan, escuchan, dan la mano a quien necesita compañía, acarician las heridas del cuerpo y del alma…En cambio otros, para justificar su calidad de vida, invierten en un derroche de fiestas, saraos, y aventuras de tiempo libre, y pasan muchas horas agarrados a un vaso de botellón o de fiesta, o romería… porque es necesario divertirse.
Los hay que donaron su vida como un lugar abierto donde pudieran reposar hombres y mujeres, dando cada día una porción de sí mismos para que se despierten las conciencias y cambie el mundo. Otros justifican el estar en el mismo sitio, y parapetan su cobardía vital asesinando las ilusiones con conflictos pueriles. Que cambien y caminen los otros, parecen pensar, que yo me quedo en mi silla mirando cómo tropiezas.
Cristianos en lugares de guerra abierta, ahuyentando la muerte con sus vidas. Seguidores de Jesús, achacosos de años, pronunciando palabras de alegría y evangelio, en catequesis donde los niños del primer mundo no tienen necesidad más que de regalos y trajes…y sin embargo ellos, sosteniendo con sus limitaciones las columnas de sus Parroquias. Otros guardando su saber para engalanar su biblioteca, atesorando tiempo para derrocharlo a manos llenas, varando ballenas en sus playas estériles. Simuladores que hacen de camaleones para no mancharse con el mensaje de Jesús.
Podríamos seguir poniendo ejemplos de quienes sólo dicen y de quienes sólo hacen. Puedes ponerlos tú, si quieres.

Sin embargo, hay que aprender a hablar con la vida. Hay que aprender a leer la vida de los otros.
Un día de Pentecostés, los Discípulos del Maestro escucharon una palabra dicha a su alma herida de miedos. Y sus vidas se tornaron claridad diáfana. Escribieron con sus vidas páginas de grandeza. Fueron fieles. Cambiaron de arriba abajo. No tuvieron la sensación de engañarse liados en la ruina de mensajes viejos. Fueron. Y este ser, este afirmar lo que creían con la sangre de su verdad dicha en jirones de vida, les hizo merecer la Vida.
Pentecostés anuncia un mensaje que debe decirse con escritura de hechos, con realidad vital, con ilusión cotejada de actos que vayan conformándonos de manera distinta. Somos lo que hacemos, y lo que decimos debe manar de la fuente de nuestra coherencia. Si no es así, que tus palabras busquen ser más, retarte más, ponerte el horizonte más alto, pero a ti.
No necesitamos más que tiempo y lugares donde desplegar la imaginación y las fuerzas que nacen del Espíritu. No hay más que cambiar. Si no, nos liaremos en palabras, justificaciones, verbo fácil y engañador. Pentecostés significa decir la vida que llevamos, como un tesoro regalado, y deshacerse por los otros. Desbordar toda posibilidad de muerte y miedo, con la alegría del Resucitado que trae vida, dinamismo, crecimiento, transformación, potencialidad, vitalidad, esperanzas. Jesús, Palabra y Verbo, no guardo para sí  más que un vacío después de haberse donado de forma total. Fue Palabra porque no engañó, porque fue lo que dijo. Pentecostés es su regalo de silencio. Calló, para que nosotros habláramos con el verbo de nuestra fidelidad y nuestra vida.
Que nos puedan leer la vida.
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Pedro BarrancoÓ2014

martes, 10 de diciembre de 2013

Recuperar la ternura

     Me he encontrado con uno de esos textos que merece la pena leer. Y máxime de la pluma de quien sale. Me refiero al “Evangelium Gaudii” (La alegría del evangelio) del Papa Francisco. Reconfortante, esperanzador, ilusionante. Te invito a leerlo. A mí me ha suscitado muchísimas simpatías. Y después de su lectura, me han surgido algunas reflexiones entorno a una palabra que sale frecuentemente: la ternura.
    Vivimos la posibilidad de encontrarnos, siempre, en un proceso de transformación personal. Cada momento de nuestra vida es la posibilidad de encontrarnos con Aquel que nos ha amado primero. Podemos no ser conscientes, estar distraídos, renegar, estar confundidos, perezosos, desmotivados…no importa cómo se halle nuestro interior porque hay alguien esperando más allá de la montaña que nos oculta su rostro. Hoy es ese momento de gracia, que te permite mirar y sentirte mirado…con ternura.
      Y es que la ternura es un movimiento que nos hace salir de nosotros mismos para volcarnos en la preocupación por el otro. Se entiende, de forma errónea, que la ternura es propia de personas blandas, de mujeres, o de gente aniñada. Pero la ternura comporta dos movimientos que nos pueden hacer crecer en el dinamismo de autoafirmación y de interdependencia. La ternura necesita del “darse cuenta” de los que nos rodean. Nos hace huir de la preocupación enfermiza que podemos tener sobre nosotros mismos, o de la independencia autónoma que nos aísla del resto del mundo. La ternura invita a la caricia, a sentir que no estamos aislados, solos, sino que formamos una red de relaciones y cuidados, de preocupaciones conjuntas y simetrías, como un castillo de naipes sustentado en nuestra debilidad y en la necesidad de los otros para sostenerme.
      Hay quien piensa que la ternura se da de forma natural. Que es algo que, simplemente, sale. Y puede que haya una componente sentimental que sea realmente así. Pero, como todas las grandes potencias del hombre y de la mujer, necesita un cuidado, un trabajo, un mimo para poderse acrecentar. Incluso para poder vivir. Porque puede suceder que nos hagamos agrios e insensibles, parapetados en nuestros miedos y amarguras, cerrando la posibilidad de que fluya desde dentro de nosotros, esa corriente de amor que es lo más genuino y específico que tenemos. Puede que, si no entrenamos el músculo del corazón terminemos viviendo como zombis, muertos en vida, que no saben reconocer el latido, las grandezas y las necesidades del otro. La ternura, si no se practica, huele a flores muertas, ese extraño olor dulzón que molesta más que embriaga.
       La potestad de la ternura es la vida. Y la expresión humilde de ese acercamiento, que reconoce la necesidad y la dependencia sana que nos urge para poder desarrollarnos. Nadie hay avezado en estas lides, todos somos aprendices. La ternura es el descubrimiento y la mirada sensata, la sorpresa y el acercamiento, la caricia y el cuidado, la ocupación hacia ti y la apertura para que recorras el camino de mi interior. La ternura requiere esfuerzo y sensibilidad, cordialidad y respeto, mima a quien la da y hace crecer a quien la recibe. La ternura se cuida de las necesidades del otro, acaricia sus llagas, llora las lagrimas con el otros, sonríe su vida, sostiene y quita el hambre. Puede que, lacerados por la cantidad de reveses de la vida, o incluso de las personas, podamos llegar a pensar que no somos merecedores de ternura. Nos convertimos en mendigos desesperanzados pensando que nadie socorrerá nuestra indigencia. Extendemos las manos con un gesto automático, pero desprovistos de toda certidumbre. Creemos que no nos tocarán, que no nos reconocerán, que no se cerrarán nuestras heridas de guerra. No creemos que, sobre nosotros, pueda caer el bálsamo del perdón…sin embargo:

“Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar « setenta veces siete » (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!”(EG, Papa Francisco)
      Hay también un aspecto dinámico, conjunto y social de la ternura. Y es que la justicia y la solidaridad son la ternura de los pueblos, porque hay quien cree que sólo estamos tu y yo. Sin embargo hay una infinidad de criaturas, un piélago de almas que deambulan, como tu y como yo, por esta tierra. Gentes a quien la vida les ha herido, el hambre les ha cercenado las esperanzas, las injusticias les han agotado las fuerzas, o el dolor les ha amargado la dicha. Y, juntos, podemos construir una ternura que va mucho más allá del contacto físico, auque también lo precise. Porque en el sostenernos y aliviar nuestra penurias se nos van las caricias y los esfuerzos. Aquí, acariciar, es trabajar para desaparezcan esas formas de aislamiento y destrucción que hacen del mundo un lugar demasiado inhóspito para muchos.
     Vuelve a decirnos Papa Francisco, esta vez refiriéndose a María:
“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque « derribó de su trono a los poderosos » y « despidió vacíos a los ricos » (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia.” “Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás « sin demora » (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización.” (EG, Papa Francisco)
     Pero la ternura no es sólo un sentimiento y una actividad humana. Reconocemos de Dios, y en Jesús, esa fortuna de sentirnos mirados, comprendidos, acompañados, sostenidos. Recuperar la ternura del Dios encarnado. Habilitar espacios donde poder saborear esta entrañable especie de identidad con Él, que nos donó desde la creación.
  “Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.” “Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida.” “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: « Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor » (Lm 3,17.21-23.26).”(EG) 
       Por último decir que hemos de aprender a acoger con ternura en nuestras comunidades cristianas. Hemos de recrear esos espacios donde las criaturas que vienen cansadas, agobiadas, aquellas cuyos problemas y dificultades les abruma la vida, las personas rotas y sin recursos, todos esos y muchos más deben encontrar lugares, y grupos donde descansar. Nuestras Parroquias, nuestras comunidades han sido sitios frecuentados por los mismos, los de siempre, aquellos que encontraron en su tiempo una respuesta a su situación. Pero hay aún muchísimas personas alejadas, desconcertadas, recelosas…que necesitan de ese sitio. Hemos ir al encuentro de los más desfavorecidos. Y no sólo aquellos que tienen dificultades económicas, que ya es duro de por sí. Sino también de todos los que tienen cicatrices en el alma. Deben encontrarnos provistos y disponibles. Nuestras comunidades deben proveerse de arrobas de ternura, de kilos de cordialidad, de toneladas sonrisas y paciencia, pero también de muchos billetes hacia el exterior. Hay que salir, como dice el Papa, a los extrarradios, a las cunetas, donde nos encontraremos los que sufren. En definitiva, una Iglesia-Parroquia en misión, con un enorme corazón de misericordia y ternura.
 Pedro Barranco.©2013

martes, 19 de noviembre de 2013

Junta de Andalucía vs Profesores de Religión

Ya estamos, de nuevo, en otro episodio de esos que les gustan mucho a los que no quieren elaborar una construcción sosegada, serena, consensuada y justa. Y me refiero, naturalmente a la Junta de Andalucía. Ahí lo tienen, más abajo. Los Sindicatos han sido capaces de reconocer que se debe ofrecer una solución a estos trabajadores. Pero la Junta, Patrona ultra, se niega a reconocer los derechos de los trabajadores. Y si no, que se lo expliquen a los Sindicatos, porque lo que es a los profesores...se han cebado, año tras año, con nosotros. Han hecho desafueros, injusticias, maldades...que nos dejan siempre mal sabor de boca y peores consecuencias. Quieren enterrar los derechos laborales, cosa que no es nueva, quieren eliminar una opción ampliamente escogida por los padres, quieren ignorar una de las piezas claves de cómo entendernos y sabernos... Les importa una higa quién caiga, quién se perjudica. Es el sectarismo que destilan, la hiel que no les deja hacer la digestión de la democracia y de los derechos laborales. Mientras...algunos se enriquecen a costa de nuestros lomos, de nuestro trabajo, de nuestra preocupación docente por los alumnos. Pues estoy, para variar, indignado con esta podredumbre de la caverna más rancia, de una pseudo progresía que ya no se reconoce y, para quedar en algo, agita a algunos contra todo lo que huela a cristianismo. ¡Levántense, por favor, los cristianos que habitan esa casa y digánle a sus dirigentes que dejen de molestar y escuchen a los sindicatos! Y a los obreros.

lunes, 1 de julio de 2013

MINORIDAD



          Hay tiempos en los que es necesario explorar aquellas intenciones, que fueron el caldo de cultivo de las esperanzas que nos impulsaron, y que deben renovarse para que no se nos pierdan del todo, o nos perdamos nosotros en el camino.
         Muchas son las batallas que libramos a lo largo de la vida, la mayoría de ellas no nos dejan rastro evidente, parece que no nos provocan siquiera un rasguño en la piel de nuestras convicciones. Hay otras, en cambio, que abren heridas como puños y perduran sus efectos traspasando todas las barreras del tiempo. Nos duelen en los cambios y en las paradas, nos duelen siempre y nos recuerdan nuestra fragilidad.
         A veces tenemos el sentimiento de ser adelantados constantemente por personas, acontecimientos, razones, o vaya usted a saber qué, y el resultado es que nos vemos envarados en una playa que no conocemos como nuestra, en un paisaje extraño que nos aturde, un desasosiego con mezcla de hastío y desesperanza que enturbia incluso ese mismo paisaje.
Otras veces ni somos nosotros, de tanto flirtear con engañifas facilonas para no llegar al esfuerzo que se nos requiere. Hemos contemporizado demasiado, esperado demasiado, cerrado los ojos demasiadas veces…y ahora nos resulta doloroso percibirnos con cara de otro, con opciones de otro.
Y entonces llega el tiempo, ese que estaba preparado para nosotros desde toda la eternidad, en que debemos encontrarnos. Y nos hallamos pequeños, pobres, limitados. Debemos descubrirnos en nuestra esencia. No en la ensoñación fantástica que construimos antes de dormirnos. No en una imagen ficticia hecha para agradar y agrandarnos. No en las respuestas aprendidas ni sabidas. Nos llega el tiempo de la minoridad.
Escribía el pobrecillo de Asís, Francisco, para describir esta sencillez y humildad que nos tiene que construir como discípulos de Jesús :
"Como en la imagen de Dios o de la Virgen santísima pintada en una tabla es honrado el Señor y la Santísima Virgen y ningún honor se arroga la pintura, así el siervo de Dios es como una pintura de Dios en que el mismo Dios es honrado para gloria suya. Pero el siervo de Dios nada se debe atribuir, porque, con relación a Dios, es menos que la pintura y la tabla. Es más: es pura nada, y a sólo Dios corresponde la gloria y el honor…".
Porque ser menor no es una seña de una debilidad enfermiza, sino más bien el reconocimiento de la altura que nos separa de la perfección. Abajarse es, según el término que utiliza San Pablo, ese esfuerzo que nos hace ser nosotros a bocajarro, ensayado antes por un Dios volcado de pleno en la humanidad.      La minoridad, podría ser, como una vocación de autoconocimiento.
             La minoridad no es una exigencia, sino una evidencia. Porque hemos huido con mucha prisa de nuestra realidad, que nos podría resultar demasiado obvia, demasiado simple, demasiado real.
En el fondo la vida, si somos capaces de discernir sobre ella, invita a un ejercicio de realidad. Y nos puede conceder una suerte de sabiduría y sereno control. No todos llegan a acumular esta experiencia que nos hace sabios. Hay quien pasa por la vida y se agrian como un vino malo: amargados por los sinsabores, los esfuerzos sin los resultados esperados, las contrariedades, mermadas sus fuerzas cuando a corregir los errores se refiere, desconfían de todo y de todos…yerran tropezando siempre en la misma piedra.
            La minoridad nos hace sabios, nos hace ciertos. Ser menor, es una forma de autentificarse. Y toca ese tiempo cuando eres capaz de acumular años y sueños. Cuando has andado ya, transitando con la ilusión de los descubridores, por medio de una vida que se desenrollaba sin tu haber sabido más que vivir.
          La minoridad es el arte de comprenderse en un mundo complejo, pero no lo es menos el de reconocerse como ser imperfecto e inacabado. Un empleo de la humildad como arma de trato conmigo, que me prepara para no creerme demasiado. Y de encuentro con el otro, para ponerme a esa altura justa que nos hace sentir en solidaridad. Y es que es muy fácil encumbrarse en la razón que me asiste siempre frente a la ignorancia terca de los otros. Es muy fácil autocompadecerse cuando los otros se aferran a sus verdades, a sus aciertos…y para demostrar que somos, tendemos la mano como un mendigo hacia nosotros mismos, gustosos por lamernos las heridas con el regusto de nuestra pena.
Pero eso no es la minoridad. Es un ensayo, es un trabajo, es un parón en toda regla, que nos invita a afirmarnos en una roca que no somos nosotros. Ahí radica el secreto de todos los hombres y mujeres santos: su firmeza se haya más allá de ellos. Su identidad se realiza en Dios. La minoridad nos abre a un horizonte mucho más rico, mucho más cierto. Dios es, eso basta. La contemplación de su inmensidad, el abismarse en su grandeza, reposar en su ser, sentirse sostenido y amado tal como uno es -sin necesidad de ocultarnos como un adán temeroso- hace que podamos vivir en el sosiego de nuestra identidad. Y entonces nos sentimos pequeños, como cuando nos asomamos a un cielo vertiginoso de estrellas, porque es más lo que nos queda por comprendernos – y por comprender, que lo que sabemos. Dios es nuestro suspiro más profundo, nuestra llamada más cierta, nuestra carrera más segura. Y ser menor consiste en refundar nuestro ser en la consistencia que no está en nosotros. Y fundar el mundo como una saeta disparada hacia la eternidad. Somos un poco de felicidad en un cuenco hecho de barro, una grandeza regalada, un impulso eterno, un débil resplandor entre una zona oscura y un brillo sin par. Sabernos eso, nos da saber.
           Todos los que seguimos al Maestro de Nazaret, estamos citados en esta lucha. Lo que hagamos de nosotros, y lo que hagamos nosotros, tiene que tener esa luz. Ojalá no nos equivoquemos.

jueves, 21 de marzo de 2013

fe


Y aún así confiar.
Como cuando sientes que te has perdido en medio de una multitud desconocida, de niño, porque has decidido explorar el mundo por tu cuenta y te das cuenta de que es demasiado grande.
Confiar cuando has vertido toda tu inteligencia sobre las preguntas que rondan desde siempre al hombre, y has determinado que es mejor optar por el sentido. Pero no es suficiente.
Confiar cuando ves la humanidad demasiado rota, injusta e indiferente por un ser humano que se desangra en cada herida de dolor y soledad, hambre y angustia, miseria y egoísmo; y no es posible parar semejante sangría sólo con una dosis de optimismo voluntarioso.
Confiar cuando los asideros afectivos hacen aguas, cuando tus respuestas de amor tropiezan con cada ángulo de tus aristas, cuando retienes más que das, detienes más que animas, pides en cada puerta de corazón que te tropiezas…y te das cuenta de que ese vacío no se puede equilibrar sin un amor mayor y más fuerte.
Confiar, y no desde una respuesta ciega y oscura, no desde una ingenuidad tejida de miedo, no desde una imagen construida sobre mis carencias. Confiar como una resolución de mi libertad, como una apuesta de sentido, como una intuición de la inteligencia.
Confiar porque mi experiencia me lleva a adentrarme en lo íntimo de mi ser y descubro una presencia que me acompaña y me sostiene. Y sé que sé. Y me siento amado.
Porque mirar el mundo y tratar de comprenderlo, hace ver que toda su realidad lleva a percibir un orden más allá de su estructura. Y que su armonía es una llamada contenida de misterio y evolución.
Mirar la maravilla que se cierne sobre cada hombre y mujer, y que está habitado por una plenitud como llamada, por un hambre como acicate, por una pregunta como respuesta a toda su orientación y su final.
Y saber que todo es tránsito, viaje, aventura. Y confiar.
Confiar: aceptar que la fe es un leve temblor de la inteligencia, sobrecogida ante la confianza, de quien acepta el sentido de una realidad que nos lleva a la plenitud; asumir la indigencia, sin aspavientos, sin vértigo, pero con la seguridad de estar hechos para completarnos, para la plenitud de nosotros.
La fe como el bastión, no del ignorante, sino del ser que está en el mundo con otros seres, y que intuye la gran respuesta. La fe como impulso de infinitud, como eje transformador del orbe. La fe como sonrisa, como resorte que abre al mal su sentido último.
La fe, porque es la respuesta necesaria a mi llamada a la vida. Por que es el gesto de amor que puedo dar. Porque es la rendida confianza al amor descubierto. Porque no puedo conocerme sin este descanso, y sin esta inquietud. Porque es lo que me has dado para que pueda acercarme a Ti.

jueves, 18 de octubre de 2012




Queridos amigos de Tierra Esperanza:
                  Nos dirigimos a vosotros para haceros partícipes de un proyecto que queremos compartir con vosotros.
Como sabéis nuestra Comunidad acoge de forma fraterna y gratuita a todos los que van buscando un lugar para bucear en su interior, para encontrarse con Dios, para convivir con la Comunidad, o para otro montón de cosas.
Proyecto LUZ
                  Siempre hemos abierto nuestras puertas con el ánimo de compartir todo lo que somos y tenemos, tratando de vivir el evangelio de manera sencilla. Por eso las casas, especialmente la de Acogida, son austeras y están tardando tanto en estar acabadas.
                  Hemos acometido este año diversas tareas para poder ofrecer un servicio mejor. Ahora se nos ha presentado, un poco de improviso, la posibilidad de traer la electricidad, a través del tendido eléctrico, hasta nuestras casas. Sabéis que, hasta ahora, disponíamos de placas solares que nos permitía tener luz, y un grupo eléctrico que proporcionaba energía para los aparatos que requerían mayor consumo (lavadoras, maquinaria, bomba del agua, etc.) Esta fórmula es bastante escasa y costosa. Los vecinos han decidido poner un tendido eléctrico y a nosotros, realmente, nos resultaría mucho mejor poder disponer de esta posibilidad para ofrecer una mejor asistencia a todos los que se acercan a esta casa.
                  Los esfuerzos que hemos hecho hasta ahora, y los que venimos realizando, nos impiden hacer frente a los gastos totales que comportaría poder “enganchar” en el tendido general. Máxime cuando se multiplican los servicios que se nos piden, tanto dentro como fuera de Tierra Esperanza. Nuestra situación económica actual, fruto de los servicios que prestamos y de la reducción de ingresos por la crisis, nos hacen muy difícil poder hacer frente solos a este Proyecto, sabiendo que, en caso de dejarlo pasar ahora, en un futuro tendríamos graves dificultades para poder acceder a el.
                  Es por esto que queremos pediros vuestra colaboración compartiendo, en la medida de vuestras posibilidades, con nosotros los gastos de este Proyecto. Os proponemos que colaboréis  haciendo un donativo. Si logramos sumar muchos a este Proyecto no hará falta hacer un esfuerzo económico alto. Por muy pequeña que sea la cantidad, si somos muchos, podremos aliviar la carga que supone para la Comunidad este esfuerzo, que redunda en beneficio de todas las criaturas que necesitan de nosotros. Es una forma de hacer familia, de hacer causa común con la propuesta de evangelio que estamos haciendo: gratuito, abierto, fraterno y cercano.
                 
En esto consiste el Proyecto Luz:
                  1.- Instalación de luz por tendido eléctrico hasta cada una de las fincas.
                  2.- El coste para cada vecino es de unos 13.500 €.
                  3.- Pedimos vuestra colaboración para ayudarnos en el pago de la misma. Podéis hacer vuestra aportación económica de las siguientes maneras:
a)  Haciéndolo llegar mediante ingreso en la cuenta de Tierra Esperanza, en Caja Rural del Sur, con el número: 3187-0011-41-2842947729.En la cantidad que queráis, y a partir de 5 €. Haced constar que es para el “Proyecto LUZ”.
b)  Haciéndolo llegar, en mano, a través de alguno de los miembros de Tierra Esperanza.
                  4.- Necesitamos vuestra respuesta antes del 15 de Diciembre del presente año.
                  Gracias por estar atentos y cercanos, gracias por vuestra colaboración. Pedid al Padre que seamos capaces de permanecer en fidelidad al mensaje de Jesús. Consideraos siempre en vuestra casa.
                  Un abrazo de paz.
                  Comunidad Tierra Esperanza.

martes, 16 de octubre de 2012

Algunas historias que contar

    
Se fue abriendo paso la idea y comprendó que le dolían las cicatrices y que nadie acariciaría jamás suficiente para cerrarlas.
    Una vez vio de lejos, alto, su sueño, pero las alas cayeron y dejaron el hueco de algo no resuelto, no acabado. Se forzó a caminar a tientas, las más de las veces perdido.
    Y temió y deseo abrazase a solas, plegado sobre sí mismo, rompiendo todas las alarmas aprendidas.

   Supo que no iba a tener de la misma manera que el daba, ni a ser escrutado de la misma forma en que se acercaba a las soledades. Tal vez por eso la suya. O quizás por las miles de veces de errores acumulados con demasiado dolor, ese imposible que lo produce la ignorancia o el exceso.
    Hay un terreno que teme, hay una travesía que duele hacer así, con esta carga de ahora. Y sin embargo,aunque arrecia ese combate demasiado conocido para ignorarlo, puso la única arma conocida a los pies de su deseo, por si acaso volara de nuevo.
( De "Algunas historias que contar")

lunes, 11 de junio de 2012

Tiempo del Espíritu y tiempo de la Iglesia


Tiempo del Espíritu y tiempo de la Iglesia
            Nos están tocando tiempos difíciles. O quizás todos los tiempos sean difíciles, no sé. Lo cierto es que estamos enfrentando un nuevo milenio con un descalabro monumental del sistema económico provocado, a buen seguro, por una sequía en la escala de valores. O por una escala de valores construida de tal forma que nos conduce, necesariamente, a donde estamos hoy. También los cristianos, insertos en la realidad cotidiana, ven cómo hay una cierta desafección, cuando no un desconocimiento, hacia el mensaje de Jesús como un proyecto de felicidad y plenitud para todos los hombre y mujeres. Además percibimos el foso que se abre entre un primer mundo privilegiado y consumista, y otro mundo enquistado en la pobreza y la miseria sangrante. Más aún, también, nos damos cuenta de la gran brecha que viene apareciendo con mucha nitidez en nuestro “primer mundo” diferenciando los privilegiados de los que lo son bastante menos: pobre y ricos.
            “¿Qué debo hacer?, ¿qué nos cabe esperar?” Es la pregunta del filósofo de la Ilustración Inmanuel Kant.
“Maestro, ¿adónde iremos?” es la pregunta de los discípulos.
Hoy, muchos de nosotros, también, nos preguntamos adónde conduce todo esto y qué debemos hacer mientras tanto. Quiero aportar algunas ideas, sencillas, para tiempos de crisis. Quizás no sean más que un elenco sin transcendencia, pero si valen para reflexionar un rato juntos, habremos aprovechado el tiempo. Y, como decía Pascal:”El hombre no es más que una débil caña, la más ruin de la naturaleza, pero una caña que piensa”. Ahí van:
-                   Los cristianos tienen en el centro de su fe algo que los distingue: poseen un mensaje que los conduce a la felicidad. Y esta felicidad se realiza  construyendo una sociedad de iguales; creando un mundo fraterno, de hermanos, donde cada persona se sienta aceptada por lo que es; integrando las diferencias y potenciando los elementos que nos unen; amando a los más desfavorecidos; acompañando cualquier iniciativa que respete  a todas las personas; cuidando del bien preciado de la creación…. Es decir, valorando todo lo positivo que está en nuestra naturaleza, y en la humana también. Por tanto, es importante saber que nuestro mensaje es optimista, positivo, y nos hacer percibir el rumbo de la historia ascendiendo. Eso no nos hace ingenuos, sino que nos invita a trabajar para que sea posible lo que ahora no es. Vivir desde ese optimismo vital nos hará afrontar la situación de manera diversa, con más empaque, con más originalidad, con más esperanza.
-                   “No estamos solos, sabemos lo que queremos” como decía la canción. Nos acompañan una muchedumbre de gentes que empujan el mundo en esa misma dirección. Cristianos que, desde la cotidianidad, se aparejan para labrar el mundo en esa onda de valores. La Iglesia es ese conjunto, ese grupo que busca construir el mundo que Dios soñó para todos (el Reino de Dios, en palabras de Jesús) y que no para de inventar fórmulas que vayan desarrollando ese plan. No vamos solos, por eso es importante construir la unidad, sentir el calor de los que reman en el mismo barco que yo. Es fundamental que la comunidad cristiana se vaya convirtiendo en el lugar cálido y transparente, que invita a vivir esa fe con otros y que empuja a hacer lo posible por aportar valores donde no los hay. Vivir, por tanto, desde la compañía y la corresponsabilidad en la tarea. Sentirse cuerpo.
-                   El evangelio nos invita a vivir fundamentando nuestra vida no en el poseer, en el tener, en el aparentar… Hay una constante que aparece en la predicación de Jesús hacia la sencillez, la austeridad, el compartir que hemos ido desoyendo. Si hay crisis, también lo será porque hemos aceptado los valores de la economía de mercado, del consumo innecesario, de la acumulación  de bienes en manos de los que pueden, olvidando el legado que Jesús nos dejó como forma de vida donde es más importante la persona que lo que posee; el cariño, que lo que se regala; la compañía, que los medios. Quizás habrá que pensar en decrecer, en consumir menos y aprovechar esta crisis para poner más énfasis en lo fundamental. Vivir desde la austeridad, pero no por racanería, sino para compartir y para no esquilmar el planeta.

Tres elementos sencillos: descubrir el valor positivo y propositivo del evangelio, construir una Iglesia fraterna y transparente, vivir valores de austeridad y generosidad.
Estas actitudes pueden, y deben vivirse, no como un esfuerzo meramente humano. La potencia de Dios, que es el Espíritu, nos capacitará para poder llevar a término los esfuerzos y el tesón de los que se anclan en la esperanza. Pero todos los hombres de buena voluntad pueden acceder al mundo de valores de Jesús.
Creo que todos los tiempos pueden ser buenos para reconsiderar nuestro estilo de vida. Los tiempos de crisis también. Y, para los cristianos, el tiempo se mueve no sólo según las categorías humanas. Dios anda trasteando entre los bastidores, esperando la apertura interior de cada criatura para conducir todo a la plenitud.

Resurrección


Una herida como un océano
abierta en canal hasta la sangre
lacerante cual Levante violento,
y yo, perplejo todavía, la miro, la contemplo.

Un abrazo prendido a un dolor,
vertido a mares sobre silencios perdidos.
Un espasmo súbito, sobresalto de trueno,
Y aún quedas tú, inerme y ausente.

Sin más ayuda que un tesón puesto a prueba,
La fuerza de la pasión como ariete,
La luz y el amor como una llave celeste,
La potencia de los océanos abriendo caminos,
Y Dios inaugurando la historia presente.